lunes, 5 de octubre de 2015

Encuentro con un Maestro en Casa Esenia.



Encuentro con un Maestro en Casa Esenia.
Otto Ricardo-Torres
Del libro inédito LEYENDAS VERDADERAS.
La calle estaba sola. Sin luna, pero clara. El espacio me era conocido, pero poseía una atmósfera que me hacía sentir inmerso en el seno de un rito. El cuerpo sentía el goce del viento, aunque no sentía soplo de viento alguno.

Al pasar por la esquina de la casa de Genaro, vi un saco, sentado en una silla, de perfil. Mi ser venía vacío, andando allí de pronto, nada más. Hablo de cuerpo, pero no me era visible, sino un lugar desde el cual establecía comunicación.

Lo vi a mano derecha. Después, supe su nombre, pero hoy algo me dice que no debo comunicarlo. Me detuve, puse mi cuerpo en dirección a su perfil y me obligué a darle las ‘buenas noches, señor’. Con reverencia. Él me contestó el saludo, con sonido de voz grave. Y se puso un cuerpo dentro del saco. Para entonces yo ya había seguido mi camino, pero él me detuvo con una palabra, y lo esperé, dándole la cara.

Era pequeño, blanco y rosado, circunspecto. Me pareció que el color de la piel sonrosada le venía de la sangre, o algo así. Eran notables los vellos de la cara, al punto que no hubiera cabido la conjetura de que estuviera vestido con una máscara. Se me acercó con los brazos extendidos hacia mí, en actitud de sacerdote, magistral. El cuerpo, la faz y el bigote no le cuadraban a su madurez, aunque no se lo dije, pues no era el caso; la circunstancia no me autorizaba a opinar. Allí se imponía únicamente la superioridad de su trato. Sin embargo, le dije que, ‘por favor, no se me acerque demasiado, señor’, que ‘no me ponga las manos en los hombros’, que, por favor, entendiera que yo no tenía experiencia en el trato con seres de otra dimensión.

Ahora deduzco que mi ser supo, mi ser vio que estaba en otra dimensión, tal vez la de Casa Esenia en astral.

-Es razonable lo que usted dice-, concedió, en su lenguaje provisto de rigor natural, como si hubiera cometido una distracción.

Él hablaba y yo me mantenía atento. Me hablaba casi tocándome, de modo que me era perceptible el rostro, la boca, su estatura y contrastes, el tino con que usaba la palabra. Ahora considero que en sus modales no había ninguno desprovisto de significación, que su voz y el espacio de su cuerpo se impregnaban en mí, como si me hablaran desde en mí. Al cambiar de foco, observé que había una cohorte en círculo, réplicas en miniatura de él, que ya era pequeño, como dije. Se mantenían a prudente distancia, si cabe la expresión profana, aunque atentos, guardándolo, sin inmiscuírse sino con la mirada absorta, atenta a él, en la órbita de su aura.

El me instruía y yo, con altivo respeto, le atendía. Reiteré la observación de su rigor sobrio, de su línea recta de luz, la excelsitud de sus ademanes. Advertí que trataba de apartar el más pequeño conato de paternalismo o de bondad gratuita.
-Usted me dará fuerzas. Eso espero-, le dije. Y él, apuntándome con su dedo índice, me replicó al instante:
                                                                                                     
-No, en absoluto. Usted tiene la fuerza. Usela. El poder está en usted y yo no haré por usted lo que usted mismo ha de hacer. Sabe con perfección lo que le estoy diciendo, pues usted no ignora nada de lo que es necesario para usted.

Guardé silencio, pues había visto o descubierto mi fuerza. Entendí que asistía a un diálogo de pie, con un o con mi Maestro, o con el MÍ de mí. Su NO enfático fue la manera precisa de ayudarme, haciéndome ver mi ser recóndito. Cuando terminó, le di en silencio mis agradecimientos, que él debió oír. Sé que él lo entendió así, ya que, sin duda, él me sabía mejor que yo mismo. Entonces desapareció, también de pronto, sin saber por dónde, y yo advertí allí mismo que él me había citado, en el marco de ese rito, seguramente para enseñarme a ir, para enseñarme a ser, tal vez a ser Ser.


(Casa Esenia, febrero 24 de 1984).

1 comentario:

blanca cecilia ramos gonzalez dijo...

Maestro, su humor no cambia, sigue siendo el del hombre joven que conocí, es admirable su dedicación, reí como con la canción de Andreita y su análisis poético. Su sensibilidad es extraordinaria, cuídela no se la vayan a robar en este país tan inseguro. Lo recuerdo siempre con admiración y gratitud. Un abrazo fuerte, claro si lo resiste por internet.