miércoles, 7 de octubre de 2015

1 El pelo de la paja.



1 El pelo de la paja.

En donde se habla del pelo que le iba saliendo

a Salustio en la mitad de la mano derecha.

Por Otto Ricardo-Torres.

1
En ese entonces, era costumbre de los hombres maduros en Caimito irse a conversar al atrio de la iglesia todas las tardes de verano. Con los sombreros limpiaban el piso de cemento liso y se acomodaban.

Eran grupos de tres, de dos o hasta de cuatro. Conversaban haciendo memoria del oficio, intercambiando experiencias, contando anécdotas, preguntando por los amigos, los parientes. Ningún niño o joven estaba autorizado para sentarse con ellos ni siquiera para hablar en su reunión, así estuviéramos a corta distancia. Sin embargo, como ellos eran, en consenso, los guías u hombres de conocimiento de la comunidad, todos los jóvenes sabíamos que nadie alcanzaba autoridad ni respetabilidad en el pueblo si ellos no nos acogían alguna vez, a cierta edad, en su círculo de camaradas.

En esas tertulias vespertinas, en las cuales las palabras eran lentas y como protegidas por silencios de autoridad, uno oía poco a poco la historia de la comunidad; y los espacios, los tiempos, las personas con sus situaciones, vivas o difuntas, se reunían allí en las voces alternativas y espaciadas de los contertulios.

Hoy pienso que aquello era un rito, sin ellos saber que tal cosa se llama de ese modo, y que, sin imponer distancia sino apenas en los ademanes, ellos de algún modo intuían o sabían con certeza que su reunión acostumbrada era una especie de hogar o sala al aire libre para preservar e inspirar el curso continuo e idéntico de los días de la comunidad.

Ese día, los viejos amigos realizaron una de las más bellas maniobras del humor y de la sabiduría popular que nunca oí ni leí jamás en otra parte. Ojalá pudiera narrarla con la fidelidad que la escena y el episodio ameritan.

2
Ocurrió entonces que, aquel día, Salustio y yo, ignorantes del peligro, resolvimos tantear el terreno. Nos hicimos a la vera, agradeciendo que no se mudaran de lugar ni dejaran de conversar. Llegamos, nos sentamos. Seguíamos allí, aparentemente ignorados por ellos. No obstante, el haber proseguido su conversación como si nada, fue ya una señal clara de acogida, aunque a la distancia ya dicha.

Nunca ningún compañero de nuestra edad habría osado allegarse a ellos como igual, sentándose a su lado o interviniendo en su conversación. De haber ocurrido un abuso semejante, con seguridad, lenta y señorialmente, ellos se levantarían del sitio y dejarían al intruso hablando solo.

Así que, con el cuidado debido, nos arrimamos a la distancia que nuestro respeto les debía. El más próximo a ellos era Salustio. Al cabo de un buen trayecto de la tertulia, en un recodo de la conversación, uno de ellos dijo:

-Oh galloj, ujtedej se acueddan de Miguelito, aque-m muchacho de la Niña Dioselina, em mediano?
-Hombe, cómo no.
-Pocqué.
-Qué le pasó.
-Se murió?
-Por ái dijeron que lo iban a operá.
-Pero de qué, tú qué sabej?

-No hombe, esa mama sí ha pasao trabajoj con ese pelao. Cuando ya le empezó a crecé eb bigote, Miguelito aprendió a hacecse la paja, y como le quedó gujtando, ¿saben qué le pasó?

-Qué!!!-, dijeron todos al tiempo, colaborando con la estrategia del narrador.

La alarma nos afectó completamente a Salustio y a mí.

-Anjá, pero qué le pasó. Se le pudrió la mano, se le engarrotaron loj dedoj, qué fue?-, preguntó uno de ellos, echándole fuego a la crisis para arrinconar a los intrusos vecinos, o sea, a los patos, Salustio y yo.

-No se le pudrió, sino que le pasó aggo maj grave: le salió un pelo en la mitá de la mano-, sentenció el narrador.

-¡Hombe!-, dijo uno.
-¡Sucrijto!-, prorrumpió otro.
-Anjá y entoncej-, dijeron todos.

-Sí, le salió un pelo prieto y grueso, que le crece too loj díaj y no vale que se lo mochen con una rula. Ej un pelo ni de puecco y ej como si ejtuviera vivo.
-Hombe, cómo va a sé eso!
-Pobre muchacho!
-Pol lo menoj le tendrán que mochá la mano.
-O to eb brazo, quién quita.
-Anjá y entoncej.
-Y ahora cómo va a jacé con la mano mocha.
-Le tocará echá mano de la otra.

3
Cuando el narrador llegó a este punto, advertidos de la inquietud de Salustio, en quien, de modo evidente, había surtido el cuento el efecto calculado, fingieron tos y alguno se inventó un chiste sobre otra cosa que no venía al caso, para no atragantarse de risa. Se levantaron, hablaron en voz alta de cualquier cosa a la que ellos le daban una importancia que Salustio y yo poco entendimos, y se volvieron a sentar, cada uno en su puesto.

En un largo silencio y fingiendo mirar para otro lado, como para darnos la oportunidad de que Salustio y yo aprovecháramos la distracción, alertaron sus reojos para pescar la actitud nuestra. Y, preciso. Viendo que el momento era propicio, Salustio se miró la mano derecha al disimulo; -por si acaso-, pensaría él.
Cuando esto ocurrió, fue la apoteosis de la maniobra:

-Taj viendo Pedro Pablo-, estalló el narrador. –Te fijaj lo que hace la fat-ta e mujé.

Se levantaron, y en la distancia rieron con fuerza, a carcajada limpia, inventándose motivos distintos para poder disfrutar el descubrimiento que acababan de hacer.

Esta es la hora en que Salustio no sabe que el tal Miguelito era un anzuelo, ni que cayó en la trampa de aquellos viejos astutos, cuyo secreto, sin embargo, ellos jamás revelaron.

De no haber sido yo el narrador de este relato, el tal Salustio sería yo.




Otto Ricardo-Torres.
Casa Esenia, diciembre 9 del 2m3.

lunes, 5 de octubre de 2015

Encuentro con un Maestro en Casa Esenia.



Encuentro con un Maestro en Casa Esenia.
Otto Ricardo-Torres
Del libro inédito LEYENDAS VERDADERAS.
La calle estaba sola. Sin luna, pero clara. El espacio me era conocido, pero poseía una atmósfera que me hacía sentir inmerso en el seno de un rito. El cuerpo sentía el goce del viento, aunque no sentía soplo de viento alguno.

Al pasar por la esquina de la casa de Genaro, vi un saco, sentado en una silla, de perfil. Mi ser venía vacío, andando allí de pronto, nada más. Hablo de cuerpo, pero no me era visible, sino un lugar desde el cual establecía comunicación.

Lo vi a mano derecha. Después, supe su nombre, pero hoy algo me dice que no debo comunicarlo. Me detuve, puse mi cuerpo en dirección a su perfil y me obligué a darle las ‘buenas noches, señor’. Con reverencia. Él me contestó el saludo, con sonido de voz grave. Y se puso un cuerpo dentro del saco. Para entonces yo ya había seguido mi camino, pero él me detuvo con una palabra, y lo esperé, dándole la cara.

Era pequeño, blanco y rosado, circunspecto. Me pareció que el color de la piel sonrosada le venía de la sangre, o algo así. Eran notables los vellos de la cara, al punto que no hubiera cabido la conjetura de que estuviera vestido con una máscara. Se me acercó con los brazos extendidos hacia mí, en actitud de sacerdote, magistral. El cuerpo, la faz y el bigote no le cuadraban a su madurez, aunque no se lo dije, pues no era el caso; la circunstancia no me autorizaba a opinar. Allí se imponía únicamente la superioridad de su trato. Sin embargo, le dije que, ‘por favor, no se me acerque demasiado, señor’, que ‘no me ponga las manos en los hombros’, que, por favor, entendiera que yo no tenía experiencia en el trato con seres de otra dimensión.

Ahora deduzco que mi ser supo, mi ser vio que estaba en otra dimensión, tal vez la de Casa Esenia en astral.

-Es razonable lo que usted dice-, concedió, en su lenguaje provisto de rigor natural, como si hubiera cometido una distracción.

Él hablaba y yo me mantenía atento. Me hablaba casi tocándome, de modo que me era perceptible el rostro, la boca, su estatura y contrastes, el tino con que usaba la palabra. Ahora considero que en sus modales no había ninguno desprovisto de significación, que su voz y el espacio de su cuerpo se impregnaban en mí, como si me hablaran desde en mí. Al cambiar de foco, observé que había una cohorte en círculo, réplicas en miniatura de él, que ya era pequeño, como dije. Se mantenían a prudente distancia, si cabe la expresión profana, aunque atentos, guardándolo, sin inmiscuírse sino con la mirada absorta, atenta a él, en la órbita de su aura.

El me instruía y yo, con altivo respeto, le atendía. Reiteré la observación de su rigor sobrio, de su línea recta de luz, la excelsitud de sus ademanes. Advertí que trataba de apartar el más pequeño conato de paternalismo o de bondad gratuita.
-Usted me dará fuerzas. Eso espero-, le dije. Y él, apuntándome con su dedo índice, me replicó al instante:
                                                                                                     
-No, en absoluto. Usted tiene la fuerza. Usela. El poder está en usted y yo no haré por usted lo que usted mismo ha de hacer. Sabe con perfección lo que le estoy diciendo, pues usted no ignora nada de lo que es necesario para usted.

Guardé silencio, pues había visto o descubierto mi fuerza. Entendí que asistía a un diálogo de pie, con un o con mi Maestro, o con el MÍ de mí. Su NO enfático fue la manera precisa de ayudarme, haciéndome ver mi ser recóndito. Cuando terminó, le di en silencio mis agradecimientos, que él debió oír. Sé que él lo entendió así, ya que, sin duda, él me sabía mejor que yo mismo. Entonces desapareció, también de pronto, sin saber por dónde, y yo advertí allí mismo que él me había citado, en el marco de ese rito, seguramente para enseñarme a ir, para enseñarme a ser, tal vez a ser Ser.


(Casa Esenia, febrero 24 de 1984).

jueves, 1 de octubre de 2015

Comunicado de Otto Ricardo.



Comunicado de Otto Ricardo.
Estoy preocupado por que el mediano esfuerzo que he realizado en investigar, documentar y escribir sobre temas atinentes a mi área de trabajo, las Poéticas y la Estética, y, en especial, la Poética Semiótica, desaparezca sin haber sido aprovechado por quienes pudieran beneficiarse de este esfuerzo, instituciones o personas.
Mi interés económico se limita al que la institución acceda a reconocerme de manera espontánea, pues, sobre todo, mi mayor deseo es legar a quien honestamente tenga la capacidad de hacer buen uso de este pequeño patrimonio académico.
Mi preocupación se ha centrado en auditar el buen uso de esos textos y derroteros de investigación, para que no se conviertan en rapiña de avivatos, sino que vayan a parar a manos de personas honestas y estudiosas que pudieran adelantar aún más el esfuerzo legado.
Es posible que haya habido dificultades en aceptar esto, pero es condición sine qua non para realizar el trato. Ya hubo una aproximación fallida, por razones respetables que no deseo controvertir.
No tengo más interés en efectuar este legado que el que tuviere la institución que quiera recibirlo. Quedo pendiente en mis correos y teléfonos para conversar con quienes estén interesados.
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Casa Esenia, octubre 1 del 2015.