lunes, 28 de septiembre de 2015

QUIEN ES UNO ES EL QUE ADVIERTE QUIÉN NO ES UNO.

QUIEN ES UNO ES EL QUE ADVIERTE QUIÉN NO ES UNO.
Otto Ricardo-Torres.

UN DÍA me di cuenta de quién soy yo y ese día, al mismo tiempo, me di cuenta de quién no he sido yo. Quien es uno advierte quién no es uno, pero el que es uno no se ve porque él es como el ojo, ve pero no se ve. Solo se sabe que es el ojo, o que es uno, porque es el que ve. Así que el que ve es uno, no el que es visto por uno. Este no es un juego de palabras; al contrario, está investido de certeza y de alegría serena, porque me permite saber que lo mejor que a uno le pasa es un regalo superior.

Cuando a uno le consta esto, por experiencia en la persona de uno, es, lejos, diametralmente distinto a cuando uno lo lee o se lo cuentan a uno. Una cosa es leer u oír relatos sobre los ángeles y otra, verlos ‘en persona’ y oírlos hablándole a uno, con el nombre de uno, como para no dejar ningún margen de duda. Son actos de bienaventuranza, digo yo, de los cuales ningún ser está exento.

El que ve es uno, y uno se da cuenta de que el yo real de uno es una especie de invisibilidad consciente y lúcida. De manera que, cuando es uno, no es que ya no esté ahí, pues sí está, sino que uno es el que ve, ese que advertimos que está viendo sin ser visible a los demás. Es el testigo, sobre todo el testigo de uno: El que lo ha venido acompañando a uno, silenciosa y calmadamente, quién sabe desde cuándo, pendiente de la ocasión en que uno ya pueda ver y oír con los ojos y el oído del espíritu.

A raíz de este acontecimiento notable, he empezado a advertir que el desatino mayor que he cometido es el del ego, que se me hace notable en las tareas que he adelantado contaminadas del afán de lucimiento, de figuración, de mostración ante el mundo. Al reparar en esto, también me he dado cuenta de que mis aciertos fueron, a su vez, aquellos en los cuales mi conducta, mis actos, fueron realizados, no por mí, sino a través de mí, como si no hubieran sido hechos por mí. Este descubrimiento, proveniente, sin duda, de mi yo, no del ego –que nunca es uno, sino menos uno, el basurero de uno- me ha permitido poder asegurar que lo realmente importante en uno no es ser importante, sino ser, ser ser, y que, a partir de ahí, lo que ha de venir viene por añadidura.

Y así, cuando escribo o leo, eso es lo que me permite discernir la identidad esencial, la presencia anónima de lo superior, del no ego, en tales actos. Diré con tal ocasión que los actos auténticos de alguien o de uno, son aquellos que nos dan la certeza de ser EN uno y no DE uno.

La pauta de la conducta es claramente apreciable cuando esta manifetación maravillosa ocurre, y, según he venido creyendo, es el sello de lo que ha sido llamado la genialidad. Bien harán los que en ella se dé dicha genialidad en no incurrir en la vanagloria, pues el don superior de la gracia es dación en quien la merece y se retira de quien hace mal uso de ella.

Casa Esenia, septiembre 26 del 2015.

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