lunes, 28 de septiembre de 2015

“No vivir para el presente ni para el futuro, sino para la eternidad”.



“No vivir para el presente ni para el futuro,
sino para la eternidad”.

Otto Ricardo-Torres

Generalmente, al estar existiendo, olvidamos el estar siendo.
El ser permanente es el que está siendo, es nuestro ser esencial. Estar  y existir son, en ciertas circunstancias, sinónimos. El ser existente es circunstancial, transitorio. David está sensato y David es sensato enuncian, de manera respectiva, el estar existiendo, que es de índole ocasional, y el estar siendo, que es permanente o esencial en David.
La gran excepción cualitativa se da cuando el estar se reencuentra y une con el ser, de manera que el estar existiendo, la existencia ordinaria, se integra, ya no de manera ocasional, sino permanente, con la esencia, con el espíritu. En este caso, cabría decir de David que es, v. gr., (definitivamente) un hombre sensato, honesto y honorable, heroico, solidario, sabio, laborioso, etc.
La (para mí) bella característica de los sacerdotes, de los monjes, cuando se dedican realmente a la naturaleza de la vida sagrada, es su permanente consagración al vivir esencial, al estar siendo, viviendo al calor y al abrigo del espíritu. Lo mismo diría del feligrés de cualquier confesión, que no solo está devoto, puro, amoroso y solidario en el templo, mientras se oficia el rito, sino después y siempre.
El sendero del ser de buena voluntad culmina al purificar la existencia, el estar, por virtud de haber logrado labrar la piedra bruta. Eso mismo cabe decir, e incluso con más mérito, de los anónimos o notables seres humanos de la vida profana, masones sin mandil, sacerdotes sin sotanas, monjes del común que viven con los ojos y los oídos abiertos al espíritu. En mi vida, me ha tocado en suerte haber conocido a unos y a otros.
2. El modo de vida del existir es el que empezamos a vivir al nacer, por razón de nuestra interactuación con la realidad exterior o realidad humano social de las costumbres o la cultura antropológica. El ser social y la individualidad entran en juego, relación en la cual el ser humano encuentra todo tipo de ambientes, conductas, modelos de vida, en los cuales el comportamiento correcto de los seres de buena voluntad es la excepción.
El existente se encuentra entonces en el cruce o encrucijada de los dos clásicos senderos contrapuestos que ponen en juego el empleo acertado de su voluntad y su albedrío.
Los ambientes contaminados de conductas despóticas o dictatoriales, oportunistas, hipócritas, de corrupción y desprecio por la vida, los derechos humanos, las libertades y el medio ambiente, más frecuentes cada vez, tienden a comprometer y subyugar a las individualidades débiles de carácter, cuando no sembrando de sangre y de héroes el escenario nacional e internacional. Estos son los casos periódicos, cíclicos, en los cuales el estar existiendo trata de extinguir en los seres humanos su conciencia recóndita, esencial, del estar siendo.
De tal ejemplo dominante surge un paradigma oprobioso, un código social aberrante, que no pocos acaban abrazando, en abono e incremento de la pudrición social e individual. E incluso se llega al extremo de que la individualidad desaparece, aplastada por el peso despótico de la violencia, de la dictadura omnipotente del poder ejercido contra las libertades y el bienestar de la ciudadanía.
A falta de los derechos humanos, de la libertad de expresión, del pulcro ejercicio del sufragio, las mentiras difundidas por los exclusivos canales oficiales destruyen la verdad, la ecuanimidad, la honestidad, el discernimiento y el desarrollo sano y limpio de la vida comunitaria. Son climas creados para generar privilegios exclusivistas, odio y violencia, contra unas víctimas prefabricadas por el discurso tendencioso del Estado despótico. Y así, quien difunde las mentiras y el veneno del odio, adopta el papel de la verdad oficial y del benefactor, y quienes discrepan caen víctimas de la sindicación criminal como enemigos del sátrapa.
Desgraciadamente, hay familias, pueblos, comunidades tomados por la corrupción de la conciencia ciudadana que se yergue como paradigma indisputable e incotrovertible de la conducta social.
No obstante, en tales ambientes sociales e históricos, el rechazo y dolor por la opresión termina, afortunadamente, robusteciendo la conciencia individual y colectiva que da curso a las formidables individualidades solidarias de liberación: “Donde abunda la corrupción sobreabunda la gracia” (San Pablo), pues lo mejor de uno, “el bendito fuego sagrado”, jamás muere en la conciencia individual ni en la colectiva.
3. Declaro aquí para siempre que creo, alabo y celebro la vida de las comunidades e individuos que forman la “inmensa minoría” de los seres humanos de excepción, paradigmas eternos del estar siendo, los cuales, habiendo alcanzado la luz esencial que los habitó, irradian su fuego interno en las diferentes acciones extraordinarias y notables de su personalidad: Santos, héroes, grandes iniciados, científicos, apóstoles, filósofos, pedagogos, artesanos, jornaleros, escritores, juglares … De ellos es obligado reconocer que, al tenor del sagrado upanishad, no ‘viven para el presente ni para el futuro sino para la eternidad’.

Casa Esenia, septiembre 17 del 2015.

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