sábado, 4 de julio de 2015

Al Maestro Juancho Torres y su orquesta folk.



Al Maestro Juancho Torres
y su orquesta folk.
Por Otto Ricardo-Torres.
 No soy musicólogo, pero sí un fervoroso de la música, en especial la de mi región  (porro, cumbia y gaita, su abuela).
Al porro se le atrevesó un sinónimo dañino, al que hay que hacerle ver que nuestro ritmo es ancestral de vieja data y que nada tiene que ver con la marihuana.
Alguna vez, estando de rector de la Universidad de Sucre, me nombraron miembro del jurado en el Festival de Bandas, de Sucre. Allí clamé a favor de las bandas populares, para que les quiten el sambenito de papayeras, que me parece un irrespeto, cualquiera que sea su justificación etimológica con las hojitas del árbol. Es un gracejo despectivo que lastima la dignidad de estas instituciones que, ante todo, son cofradías sagradas por donde ha venido hablando la más pura tradición del folclor regional. … Banda folk, Banda popular, Banda solariega, Banda castiza…, podría ser. Me gusta Banda folk, pues eso es lo que son, que ya la comunidad se iría apropiando con orgullo de la palabra folk.
Del arte individual y el arte folk. En mi Seminario de Estética en el postgrado de Especialización en Pedagogía del folclor, Universidad Santo Tomás, hago la distinción entre arte clásico o individual y arte folk. El primero crea a partir de la innovación individual; cada texto se obliga a ser diferente, incluso en un mismo autor. En cambio, el arte folk, que es tradicional, comunitario y anónimo, es, en el fondo, más exigente que el otro, pues en este su creatividad se funda en su fidelidad al canon comunitario. El autor es más auténtico en la medida en que sepa actuar desde su individualidad solidaria, esto es, comunitaria.
El artista folk es también, por eso, anónimo, en cuanto es el vocero, intérprete, resonancia de la tradición comunitaria; no es un yo individual, sino solidario. …
Lucho Bermúdez, Crescensio Salcedo, Pacho Galán, Pablito Flórez, (el autor de Fiesta en Corraleja), Juancho Torres, Armando Contreras, Rafael Emiro Naranjo, Justiniano Ricardo, Mañungo, y toda esa excelsa galería de orquestas y conjuntos sabaneros, como Alfredo Gutiérrez y los Corraleros de Majagual, y la Orquesta de los Hermanos Martelo, entre tantos otros… .
Tal condición unge de sacralidad al artista folk. Me acerco a ellos y a las Bandas como a un templo. Y son artistas folk: El que hace la casa de palma, la canoa, la bandeja de tolúa, el tapete y la estera, el pellón, el taburete, la angarilla, el burriquete, el pito atravesao y el de cera, la flecha para pescar, las totumas y cucharas, así como las incomparables obras del bollo poloco, las distintas mazamorras, bollos y arepas, el cafongo, el mote de queso, el queso y el suero, la panela y el sangrelión, los dulces, el enyucao, los arroces, los chorizos, pebres, guisos y pasteles, al lado del sombrero vuettiao y el sombrero concho (campesino como yo, y mi preferido), las habarcas trej puntá, los jolones, las hamacas, los calabazos, y la variedad de gritos, cantos (de vaquería, de la zafra, del boga, del arrullo infantil, de los velorios, de la décima) y los cuentos, adivinanzas, refranes.
Son los elementos de la lengua comunitaria, la identidad de la membrecía. Si uno está lejos, un porro, una panela envuelta en hoja de vijao (o bihao, bijao), un pedazo de queso, un bollo limpio, nos congrega o reúne con la comunidad, no importa la distancia de nuestra diáspora.
La costeña, cultura de down-up. Destaco la fuerza del pueblo costeño y, en particular, del sabanero de Sucre, junto con el de su zona fronteriza de Bolívar y Córdoba, por su poder del down-up, palabrota inglesa que califica de ese modo en sociología aquello que brota de abajo hacia arriba, del pueblo hacia arriba, con fuerza de emergencia épica.
En efecto, el fenómeno folk nuestro nace de la entraña tradicional, comunitaria y anónima, incluso con pureza analfabeta, pero con la sabiduría del oído en este caso, y, no a pesar, sino por virtud de esa procedencia y de nuestro modo de ser, asciende a todos los estratos sociales y económicos de nuestro ámbito cultural con aceptación apoteósica. Con ello, lo que es, de origen, tradicional, comunitario y anónimo, es, al mismo tiempo, unánime.
Pocas culturas pueden predicar esta notable condición, pues en otros escenarios, el folclor se da del modo contrario, a saber, de up-down, de la academia y los estratos socioeconómicos altos, hacia la base de la comunidad. Y esto es causa de su languidez, a pesar de su refinamiento alfabeta.
Y es tal el contraste, que nuestro folclor, no solo se pasea como Pedro por su casa por todos los escenarios de la vida sabanera y regiones afines, sino que aún tiene fuerza de expansión nacional e internacional. ¡Lástima que los promotores comerciales hayan estimulado otras manifestaciones musicales costeñas menos auténticas que estas!
Debo decir que el porro, como el sombrero vuettiao, no es solo de Sucre y Córdoba, sino común a Bolívar, colindante con el Departamento de Sucre, y al del Atlántico. Mantengamos la fraternidad y no traten de sacarnos de taquito, hermanos cordobeses, pues, a pesar del nombre dado a la cultura por el célebre antropólogo, ser zenú no le da exclusividad ni privilegio alguno a Córdoba para administrar ni menos para usurparse la tradición común de esta cultura aborigen, que tiene templos ilustres en los sucreños Montes de María y en la región del San Jorge y La Mojana, desde la ciénaga de Tofeme hacia adentro, en cuyos camellones el antropólogo Parsons adelantó una valiosa investigación acerca de la cultura aborigen allí reinante.
En lo musical, la línea aborigen nos viene, según creo, por sus pasos contados, desde la gaita a la cumbia, hasta desembocar en el porro, triétnico ya, pero no menos telúrico que sus  parientas nombradas. Diría, con cuidadito, que la gaita es más aborigen o indígena que la cumbia, en la cual parece destacarse la presencia majestuosa del África.
La gaita conserva de manera mística la nostalgia reminiscente del bohío, y de ser una queja suave que se acuerda de la soledad del boga o del caminante de a pie. Algo en ella está lejos -una lengua, una raza, una cultura seguramente-, no decibles por ninguna palabra, pues se halla disuelta en la piel, en el sudor, en los suspiros disimulados en el son, en el paisaje nativo.
La cumbia, en cambio, también música lunar como la gaita, y más de espacio abierto, como el porro, es un poema absolutamente sensual, que danza en ascenso acompasado hacia la desnudez.
La sangre de la memoria colectiva, sangre musical, es lengua del tacto y del oído, que dice más cuanto menos necesita acompañarse de palabras. Igual pasa con el sabor, el perfume, la mesa de guayacán. Dicen silencio, que es la lengua del otro país habitado por los recuerdos del cuerpo.
De niño y de joven, devotamente me extasiaba contemplando en la plaza de mi pueblo, con o sin luna, el ritmo sobrenatural de aquel jardín de música, de luces y de cuerpos construyendo la geografía emocional del porro, del fandango, de la cumbia.
Quiero creer que mi fe viene de ahí, pues voy a Dios a través de la belleza.
Estas palabras, que he escrito de manera espontánea, son mi homenaje al gran maestro JUANCHO TORRES, paisano y pariente, y, a través de él, al porro sabanero y a todos los miembros de su magnífica orquesta.
Ojalá se diera la auténtica idea de PORRO AL PARQUE, CUMBIA AL PARQUE, GAITA AL PARQUE. O GUABINA, BAMBUCO, JOROPO, PASILLO AL PARQUE, en lugar o al lado de lo otro, para que se viera cuánto sabor y aceptación recónditos guarda el colombiano de todo el país por estos ritmos, conservados en su pureza y sin dejarse contaminar por la chabacanería de la promoción comercial de corbatín.
Si está de acuerdo, alce el pulgar o diga Me Gusta.
 Otto Ricardo-Torres
Casa Esenia, julio 4 del 2013.

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