sábado, 13 de junio de 2015

L a I s r a e l i t a.


Otto Ricardo-Torres.

La Israelita eres tú, la única sacerdotisa de Menfis
que conozco, además, como la única.

Primera Frase.


estuviste andando, sin naufragar,
en las turbulencias
de la luz.
Las del umbral, que son terribles.
Las del Reino de Jano.

Y saliste.
Y alcanzaste con tus manos
las orillas de ti.
Solo así se salvan los que logran
salir-y-entrar-y salir
del L/laberinto.

Con frecuencia, los dioses no pueden, sino a veces, cuando encarnan.

Solo se salva quien se acuerda
a la circulación ensimismada
en el sinfín.

Sin embargo, la música es una de las claves,
talismán de Orfeo por eso.
Con su varita, nos rescata del sueño,
uno a uno (:el sueño muerte,
la vida intemporal, de donde
vuelve a nacer la vida).

Hemos visto que el silencio nace de sí
Y engendra la libertad
Y la música que, al sonar, se ve.

Sabrás que Edipo no pudo salir,
ni su hijo Sófocles, ni Antígona, sino
tú y Leucónoe.

Menfis te enseñó, Israelita, porque
cuando transpusiste el umbral, ya estabas.
Y pasaste la prueba de la memoria ancestral.

Segunda Frase.


Yo te vi los ojos entonces cuando
deambulabas por entre las foscas
praderas del Minotauro.
¡Cuánto heroísmo nuevo,
invicto! De donde nace
mi devoción por quien
supo bajar y salir de las tinieblas de sí.

Antígona sigue pasando a un lado por ahí,
sin lastre ya, tendida en su alarido,
por entre el cielo pétreo de Tebas.

Pero tú fuiste más allá.
A ti.
Y te volviste, al punto, intemporal.

 

Tercera Frase.


El Ojo es El Testigo, cuya es
la palabra del ojo que te oyó ir.

Él estuvo a tu lado, sin ser visto,
todo el tiempo.
Uno al lado de uno,
por donde Uno entra
y sale. Como tú.

La copa en alto, en la mano de Menfis.
Es un honor.
Salud.

Casa Esenia, 1996-2m2.

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