jueves, 4 de junio de 2015

Alfa Centauro.


 Los centauros -caballo y hombre,
hombre encabalgado en sí mismo-,
los centauros, condenados a huír.
No saben ofender, ni herir, ni odiar.
Sino jugar, correr, amar,
y apostar a la aptitud de huír.
Al borde de la forma del hombre,
vienen llegando. Un velo
móvil de tiempo los vuelve allí
lejanos. La voz en el relincho,
tras los velos de vidrio.
Pero vienen llegando.
En época lemur fueron solo corcel.
Ya son centauros. Luego serán hombres, con pies,
ya sin zapatos en las manos.
Y una canción hilvanada en las hebras
íntimas, raizales, de la crin.
Viniendo de Tesalia, desembarcando de Heredia,
serán hombres. Sagitarios.
Del País astral de Alfa-Centauro,
pues ya suena su sombra
en el umbral.
Hirsutas y dulces las cabezas,
Azorados por Hércules, y todavía con
Deyanira, de reojo, en el corazón.
Y seguirán -corceles, centauros, hombres-,
caballo blanco lemur, al fondo, en sí,
saeta en pos, tras el blanco, La Casa.
Son los abuelos, que conduelen en su brío
y en el furor sexual, sin matiz ni sonrisa aún, al margen de la piel
y de los labios suaves del amor, por donde pasa el hombre, rumbo al ángel.
Todavía Hércules, con su tranco inmenso,
los aplasta por dentro, desde lejos.
Y huyen
con Neso y Deyanira, y
por centauros,
porque no pueden no temerle,
ni no huírle.
El fatum les dicta la fuga y, con ella,
de paso, se engendran y culminan.
Quien los vio o dictó, quien los dijo o escribió,
supo tirar la piedra en el agua para removerla
y provocar la estampida.
Y así -subsistentes, insistentes, existentes-,
prójimos y lejanos, lucen exhalados
en su mural de cascos relampagueantes.
El que los vio o dictó, dijo o escribió,
con soneto en alias de lienzo grande
y musical, supo correr las cortinas
para que ellos atropellaran el escenario.
Quién los dijo? Qué se hizo el señor?
Pasan y pasan, veloces.
Los centauros siguen huyendo.

Otto Ricardo-Torres.
(Maroa, Taller de Poesía. Pontificia Universidad Javeriana, 1992).
(Hipotexto: el soneto Fuga de los centauros, de José María de Heredia)

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