sábado, 11 de abril de 2015

SOBRE LA REAL ARISTOCRACIA.

Nunca he podido justificar -ni aceptar, por supuesto- por qué la gente importante se siente importante. Ni por qué emplean esa actitud de morro alzado para imponer servidumbre y genuflexión a los humildes. Lo que sí pude saber es que el ser que es realmente importante no se cree importante, sino que lo es de manera natural y espontánea y sin afectación. Estos últimos son los verdaderos seres importantes, aristócrates sin presunción, modelos de civismo y de pulcritud, superiores de grado y no por fuerza. 

Conocí a varios. En Caimito, donde transcurrió mi vida humilde -que no cesa-, al P. Eustaquio Larrañaga, misionero de Burgos, párroco del pueblo, y después, a su retorno a España, Rector del Seminario de Burgos y Obispo allí. Era un sacerdote alto, rubio, que hubiera podido hacer casting para Holliwood, hombre sobrio y de fe, recto, apegado sin aspavientos al culto a D-os. Aquí mismo en Caimito (cuando digo "aquí" ahora, estoy hablando desde el lugar del corazón), a la Niña Filomena Ricardo Ledezma, mi madrina (y "Niña" por distinción señorial ancestral de la región), miembro de las llamadas Niñas Ricardo, que vivieron y murieron las tres, vírgenes y ancianas, damas de mucho dinero, quien parecía una sacerdotisa hindú, por su presencia física y sus modales tranquilos, reposados, que siempre andaba a pie y quien todos los días recorría muy de mañanita el pueblo para llevar algua provisión necesaria a una familia enferma o en estado de vida lamentable.  

Después, ya en Bogotá, en el otro "aquí" de mi vida, a don José Manuel Rivas Sacconi, Director del Instituto Caro y Cuervo, donde estudié y trabajé de investigador y profesor, gran señor de la nobleza vaticana y de Bogotá, distinguido y culto, Secretario perpetuo de la Academia Colombiana de la Lengua, el mejor entre iguales, pues los demás eran tan eximios como él (a excepción de quien sabemos), proverbialmente elegante en todo y jamás sin ostentación. Servía a muchos, a todos y en absoluto silencio, como lo habría hecho un venerable francmasón, siendo como era él, godo y javeriano, y, posiblemente del Opus Dei. 

Y antes, en Popayán, ¡qué señorío silvestre el de esa ciudad blanca, qué gusto y honor andar por sus calles, hablar y contender con sus gentes! 

Y, curiosamente, hago memoria y advierto que ninguno ostentaba su distinción ni la imponía y en ninguno advertí tampoco distancia ni autocracia, ni actitud impositiva ni explotadora.

En cambio -y fuerza es llegar al caso-, el mandamás populista, autócrata que no aristócrata, capataz que viene de la gleba y se alza sobre/contra esta, una vez en el poder, quien, a cambio del señorío sereno y sobrio del aristócrata de nacimiento o condición, adopta la procacidad, el terror, la arbitrariedad, el garrote, todo lo que no se parezca a los modales civilizados, ponderados y comprensivos de alguien que realmente tuviera al prójimo, a la gente que representa, en el corazón. Y lamento que gente de la izquierda, cuyo idearium estuvo tan próximo a los altruísmos y espíritu abnegado de todos los grandes dirigentes, políticos o religiosos, incluyendo a Lenin y al Tío Ho, genios de toda mi admiración, una vez en el poder cambien de modales, de conciencia y de todo sentimiento de real generosidad, más allá de la burocracia del clan familiar o, a lo sumo, del partido de gobierno.

Y, finalmete, lo último pero no lo menos importante, como reza la fórmula del inglés de segundo nivel, los nobles campesinos, vaqueros, bogas, pescadores, la simiente del Gran País del Corronchol, que conocí en mi infancia, también en Caimito y en sus caseríos y aldeas.., hombres y mujeres de gran sabiduría, analfabetas casi todos, y cuanto más analfabetas más sabios y honestos, auténticos aristócratas si los hay, reales poseedores y portadores del fuego sagrado de la comunidad. 

Todavía es hora de separar el grano de la paja en el país colombiano y, con algo de buena voluntad, sin apelar ni echarle la culpa a otros de lo que uno mismo puede hacer, rescatar, desde la memoria y el ejemplo, la sagrada simiente de lo mejor de uno mismo que, en el decir de Nikos Kazantzakis, nunca muere.

Otto Ricardo-Torres
Casa Esenia, abril 11/6:38 pm. del 2015.

1 comentario:

Lidia Corcione dijo...

Muy bien estructurado. El fondo excelente