domingo, 8 de febrero de 2015

Puntos de vista protocolarios. Otto Ricardo-Torres



Empleo el término ‘protocolario’ como sinónimo de conducta ética, de comportamiento social, de conformidad con mi personalidad o modo de ser.
1. Urgencia de una urbanidad como código de conducta cívica
Pensando en esto, considero que hace falta una clase de urbanidad, pero con tres requisitos: Que sea modelo de conducta cívica y familiar y, al mismo tiempo, que sea exigible a todos, y, por sobre todos los requisitos anteriores, que la norma sea seguida en la teoría y en la práctica y, de manera especial, en la práctica, con el ejemplo.
Muchos pudimos observar que en las anteriores normas de la muy buena urbanidad del venezolano Carreño, estas eran exigibles únicamente “para los de ruana”, como se dice acá en el interior del país. El campesino, el proleto, la persona de estatus humilde estaba obligada a ceder la acera y el puesto a los mayores, a los niños y ancianos, mientras que los demás, los hijos de papi o los papis del hijo, los de mentón remilgado, esos no. Hasta nos tocó ver casos de un señor de la oligarquía de pueblo, altanero y pretencioso, indicarle al campesino que iba sentado en el bus intermunicipal, en el puesto pago por el campesino, ser exigido a levantarse para cedérserlo al de las ínfulas. Y el campesino, habituado a la urbanidad de la obediencia y la servidumbre, ante la exigencia del “superior en dignidad”, se apresuró a ceder su puesto.
También pasa en los hábitos de la mesa. Que a uno le enseñan cómo debe coger los cubiertos, pero si se trata de actores de cine, estos tienen como conducta in agarrar el tenedor como si fuera el mango de un machete. O al tomar el postre, igualmente lamen la cuchara por el derecho y el revés, en una transgresión que ya se volvió cliché. Eso los hace aparecer como espontáneos, según los códigos privados de la farándula. Etcétera. Sino que sea para todos, inclusive con más razón para los más destacados en el orden de los valores culturales, los que se muestran o los de mostrar.
Siempre me ha admirado hasta la fascinación la cultura fina y natural del típico cachaco bogotano. Igual en el oligarca que en el vendedor de frutas de la plaza de mercado o en el chofer. Me complace dar con un chofer de taxi rolo, cachaco. Son cultos, corteses, sinceramente finos y amables. Una vez tomé uno al aeropuerto y le distinguí su bogotanidad, y nos pusimos a charlar y a mencionar personajes ilustres, muchos conocidos por ambos, con gran propiedad por parte de él. Pues ni sentimos el vaje, al punto de que al final el señor se rehusaba a recibirme el valor de la carrera. Dicho esto sin ninguna exageración, sino en mero homenaje a esa cultura natural y bien arraigada del cachaco bogotano.
A propósito, aquí en Bogotá, el calificativo cachaco no es despectivo o peyorativo, como en nuestra Costa Caribe, sino, al contrario, es un meliorativo, título de halago y distinción.
Ahora, por favor, no se corra a decir que estoy propugnando por la cachaquización de los modales cívicos en Colombia, aunque no le vendría mal una gran dosis de distinción a los habitantes de ciertas regiones, apelando a las reservas de señorío y don de gentes que hay en cada una de ellas.
De modo que planteo la conveniencia de reformular la urbanidad cívica del siglo XXI para los colombianos, como materia del plan de estudios, de la primaria hasta el bachillerto, y como conducta para seguir en la vida cuotidiana. (Ojo que no dije “conducta A seguir”).
2. La diplomacia de querer quedar bien con todo el mundo como urbanidad de la hipocresía.

1 comentario:

Estela Simancas Mendoza dijo...

Interesante propuesta maestro, ética para la vida desde el ejemplo