lunes, 9 de febrero de 2015

LA URBANIDAD DE LA HIPOCRESÍA.


2. La diplomacia de querer quedar bien con todo el mundo como urbanidad de la hipocresía.
Seguramente por efectos y defectos de la política, en Colombia se ha generalizado “el tercerismo”, el “sí pero no”, típica estrategia de la diplomacia hipócrita con la cual la persona oportunista trata de quedar bien con todo el mundo, siempre y cuando ese “todo el mundo” esté en la órbita de sus intereses de hombre molusco, como lo denominó el expresidente López Michelsen. Donde actúa este personaje enreda cualquier diálogo, negociación o arreglo diáfanos, rectos. Sonríe siempre; es servil, no servicial y, por supuesto, adulador, sobachaqueta, como también se le dice.

Así, cada día es más difícil el diálogo, la relación clara, inequívoca, con dignidad y señorío. El sesgo y la actitud mañosa le hacen estorbo al compromiso, a la mirada serena de la probidad. Lo grave es que esa cosa o bicho se ha vuelto arquetípico y generalizado en el ámbito de nuestro país, desgraciadamente. Sin gran esfuerzo, dan asco, repugnan, ofenden el oído y la mirada. Y esa alimaña ha prosperado y hecho su agosto en la mengua creciente de la sinceridad, la franqueza, la honestidad en nuestra conducta cívica. Franqueza y honestidad que nada tienen que ver con la altanería, la grosera chabacanería, sino con la transparencia en el decir y en la acción.
Y esta aberración de la conducta cívica no es de pueblos y mucho menos de aldeas, donde reposa, decantado, lo mejor de la nación.
Es corriente escuchar “opiniones” de este tipo:
-Claro que, en el fondo, viéndolo bien, la cuestión de la plaza de toros y de las correlejas no deja de tener su parte de razón, su lado humano –dagamos así- (y sigue la carreta, con sobijo de mano y todo, preparando la puñalada trapera).., pero también hay que tener en cuenta que los pobres toreros tienen que vivir, ellos necesitan comer, así como la gentecita que vive de las corridas de toros, de las corralejas, gente humilde, por Dios, hay que tener en cuenta eso, ¿no les parece? Primero se prepara el terreno con halagos arteros, solapados, para luego darle la estocada al interlocutor, y de ese modo, el hábil hablador gana con cara y con sello.
Las escenas de las reuniones sociales son algo de antología, sobre todo cuando se comparten pareceres distintos. La habilidad, lo encomiable, no se destaca por la sencillez, la pulcritud expositiva o la bondad del pensamiento, su rectitud, su justeza, sino por la astucia de la maniobra melosa, para dar una opinión y así sacar partido de cada una de las partes, en su momento. Según don Baldomero Sanín Cano, en ese tipo de ambientes y de círculos sociales, “tener una buena opinión es no tener ninguna”.
Las familias de algún modo vinculadas al poder, a los intereses oscuros, por no decir corruptos, a los halagos de la burocracia, emplean este tipo de urbanidad y así forman a los hijos preparándolos para un puesto en la alcaldía o para la alcaldía, el Concejo, la Asamblea o cualquier cargo público de mayor rango. Los doman en el tartufismo, para no asumir riesgos, para saberse acomodar a la opinión o al poder dominante y  evitar “morir como Cristo, crucificado. –Bueno, aprovecha, llegaste a donde hay. Esa oportunidad no se te va a volver a presentar, yo veré. Aquí no regreses con las manos vacías-, consejo familiar o de amigos al recién nombrado en un cargo público, y adivinen para hacer qué.
Entonces, la gente no dice lo que piensa sino lo que le conviene. Ni lo inspira el bien común, sino el beneficio personal, a como dé lugar. El político de oposición se especializa en ver mal todo lo que hace el Gobierno. En ese propósito, no le importa calumniar, desinformar, con tal de obtener el poder y hacer, en su oportunidad, peores cosas de las que combatió. El sindicalista se oligarquiza, el defensor de las minorías hace de la suya un grupo excluyente. El pulcro se vuelve corrupto y el “demócrata” termina comprando votos. Etcétera.
Entonces, la gente descree porque la trampa, la simulación e hipocresía, la actitud ladina, el decir una cosa y hacer otra, se vuelven costumbre, norma generalizada. Y ese es el modelo y el molde de las nuevas generaciones. Contra lo cual parece no haber ejemplos excepcionales que valgan. Sin embargo, bien dice el Apóstol San Pablo, santo y sabio, sin duda: “Donde abunda la perdición sobreabunda la gracia”.
El fuego sagrado nunca se apaga, y cuando así parecería ser, aparecen los profetas, los líderes históricos, fieles intérpretes de lo mejor del ser humano, “que nunca muere”. Cito el caso encomiable de los últimos Pontífices de la Iglesia Católica, de cómo la han sabido sacar del fango en que se estaba hundiendo, y cada vez con mayor fervor, claridad y decisión evangélicos. De modo que, como reza la frase, SÍ SE PUEDE.

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