sábado, 24 de enero de 2015

EL ARTE KITSCH Y LA ALDEA


Por un museo de la ruralidad en Caimito
Otto Ricardo-Torres
Dedicado a CAIMITO, mi pueblo.
Y a todas las aldeas del universo.

La acepción más frecuente sobre el kitsch, es la de ser el arte de lo cursi. Los que deseen pueden ir a Calinescu, Umberto Eco, Frank Wedekin, Clement Greenberg, Harold Rosenberg…, erudición que nos provee Wikipedia a través del sucinto pero nutrido ensayo de Elena Moreno.
KITSCH Y HABLA HABLADA. Pero párenle bolas al asunto. Pues aquí están comprometidas artes plásticas, con Andy Warhol, el del pop art, Evtuchenko, el poeta ruso y, diciéndolo por mi cuenta, el encanto de la narrativa y la poesía de la oralidad, que he denominado del habla hablada. Estarían José Félix Fuenmayor, Juan Rulfo, los poemas más celebrados de T. S. Eliot, discípulo de Jules Laforgue, y el mismo Jaime Sabines, uno de mis poetas predilectos, sin ser sino apenas un devoto de su obra.
Ya dejé asociado el kitsch con el habla hablada, categoría esta de lo cual escribí un ensayito ligero en el Instituto Caro y Cuervo, que el profesor Julio Sierra Domínguez me ha hecho el honor de emplearlo en sus clases de literatura con frecuencia, según me han dicho. Y ‘habla hablada’ porque hay también habla escrita, habida cuenta de la distinción entre lenguaje, lengua y habla. Lo primero, Lenguaje, como la facultad que tenemos los seres humanos de comunicarnos y, por extensión, también los animales; Lengua, como el sistema de signos mediante el cual organiza cada comunidad la manifestación de su lenguaje o facultad, y Habla, o el empleo individual que cada uno hacemos de la Lengua. Esto presupone que ningún hablante de una misma Lengua la emplea igual, distinción esta definida como Habla. De ahí ‘habla hablada’. Que no es el tartamudeo más o menos chapucero de cierto actor en Caballo Viejo tratando de hablar como costeño, sino algo espontáneo y auténtico, al modo como T. S. Eliot se pone a divagar sobre el humo y el hollín en su magnífico poema La canción de Alfred Pruffrock; o como el eximio Rulfo, mi narrador de cabecera desde siempre, cuando Juan Preciado nos empieza la novela Pedro Páramo hablando como si ya lo hubiera venido haciendo antes de empezar la obra; o como lo hace Jaime Sabines en su bellísimo, tierno, fino y dolido (con dolor de violín) poema En la sombra estaban sus ojos…
De esa estirpe es el kitsch para mí, arte popular, pero transido de nostalgia, de rancias e incluso humildes reminiscencias. Eso es para mí, a despecho de si coincido o no con los que del tema se hubieren ocupado. Pero con una precisión, que no es nunca en sí mismo, sino arte situacional, es decir, que depende del lugar en el cual se expone o muestra, parecido en esto al ready-made. La descontextualidad es parte principal en la estrategia creadora del kitsch. Los zapatos de labriego, de Van Gogh, por ejemplo, que son kitsch, a mi juicio, por estar en un cuadro y por no ser las botas lustrosas que el hábito se acostumbró a ver en los salones lujosos.
MUSEO DE LA VIDA ALDEANA. Vienen los ejemplos, con los cuales empato el porqué le dedico estas palabras, en actitud de ruego, a CAIMITO, mi pueblo, a saber: Un pilón con sus respectivas ‘manos de pilón’, una plancha de la época de los picapiedra, una máquina sínger, un canalete, una canoa, un burriquete para ordeñar, un ‘chocó’ para sembrar el maíz, un chuzo de coger hicoteas, un trapiche de moler caña, arcaico, por supuesto; unas cucharas de totumo, unas bandejas de artesanía para servir los alimentos, unos santos de palo del devocionario popular, pitos de cera o de flauta de millo; unos calambucos para arriar el agua, unos jolones, una angarilla, un pellón, un garabato, una mini casa de palma con sus pañoles y sus trojas, la envoltura de los bollos: poloco, de plátano maduro, limpio, cafongo, así como la envoltura de la panela (ustedes me entienden, pues sugiero la artisticidad de tales envolturas); unas flechas para pescar, instrumento fósil y vivo, que todavía se emplea entre los pescadores de Caimito y sus alrededores, herencia directa de los aborígnes del lugar estudiados por el antropólogo Parsons; en fin, todo eso que pertenece al orden de los instrumentos de la antropología cultural de los oficios, hoy venidos a menos en rápido riesgo de extinción, como las especies de la fauna y de la flora.
LO KITSCH Y LA REALIDAD DESCONTEXTUALIZADA. Esto en sí no es todavía kitsch, como ya dejé anticipado, sino materia primordial de un museo de antropología cultural. Pero eso se vuelve kitsch cuando se emplea en contextos impropios de su prístina u original condición, al ponerlo para decorar ambientes que no les son propios, burgueses, de dedito parado. Un santo con sombrero concho o con sombrero vuettiao, por ejemplo, en una iglesia o en una exposición de escultura o de pintura; una piedra de amolar (vulgo, afilar) decorando un rincón de la sala, al lado de la pantalla de mesa; un par de pitos cabeza e cera flanqueados por un jarrón de rosas o de astromelias; árboles de polvillo o de cañaguate o de guayacán bordeando el atrio de la iglesia, o unas palmas de vino, hoy condenadas al monte; una yunta de bueyes o la faena del ordeño de una vaca, como un monumento en la plaza donde antiguamente se hicieron las corralejas, etcétera, serían kitsch.
Así que, primero el museo, luego lo demás. ¿Se le miden? ¿Qué les cuesta, si no la resurrección de la sana alegría y solidaridad comunitarias, con la segura participación de la población rural y urbana, ancianos y estudiantes, bogas y vaqueros, pescadores, artesanos, agricultores, ganaderos, en fin?
Me cuentan, así esté vivo todavía.
Casa Esenia, enero 23 del 2015.

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