jueves, 15 de enero de 2015

De la cultura académica y la cultura antropológica.


Otto Ricardo-Torres
Casa Esenia, enero 15 del 2015.

Desde cuando tuve el honor de dirigir el postgrado de Pedagogía del Folclor en la amable UNIVERSIDAD SANTO TOMÁS, de Bogotá, se me recrudeció la preocupación por la discordia entre las dos culturas del título, mucho más hoy con el incremento inevitable de la globalidad, no solo en comercio, sino en comunicaciones, en información.
Recordemos lo que dejé dicho en mi nota pasada acerca de la cultura bifronte. Ahora lo retomo para comentar ese contraste y guerra de una contra la otra, caso en el cual la cultura antropológica está llevando todas las de perder. En efecto, la cultura antropológica, esto es, la de las costumbres, está siendo, ya no invadida sino arrasada, sepultada por la cultura académica con internet y demás.
Esta debería ser preocupación y tarea de las Casas de la Cultura y no más, por favor, meras cuotas burocráticas sin mayor idea de su responsabilidad. Seguramente por ignorar la otra acepción de cultura, las Casas de la Cultura se han convertido en bibliotecas, o sea, en servidoras de la cultura académica, y no de la cultura antropológica, somo deberían ser, ante todo. Las comunidades nativas colaboran con entusiasmo en estas tareas de rescate o recuperación de sus valores para la creación de museos locales y regionales. Eso hicimos en el postgrado mencionado, y en todas la regiones donde teníamos presencia, la alegría comunitaria fue algo maravilloso, seguramente por sentirse reconocidas.
Los diseños pedagógicos que se prescriben con tanto tecnicismo desde el Ministerio de Educación deberían hacerse cargo de este problema, adelantar los seminarios para el examen de la situación y hacer las recomendaciones del caso. La relación docente-estudiante y cultura académica-cultura antroplógica ameritan una atención menos espectacular y más positiva, así como la revisión de los planes de estudio. En estos es fácil notar que se estructuran con base en el presupuesto de que la universalidad del conocimiento se hace posible mediante la abundancia de asignaturas y de lecturas, sin reparar en el tiempo real disponible del estudiante ni detenerse a observar que una programación curricular coherente y articulada de manera menos mecánica y más racional, conduce a descubrir los nexos íntimos que una asignatura tiene instrínsecamente contraídos con otras y aun con varias áreas del conocimiento. No es tarea difícil articular, por citar un caso, geografía con economía, sociología e historia, por ejemplo, y no limitarnos a amontonarlas como espacios aislados, allí dispuestas para la memorización.
Las pedagogías tienen gran responsabilidad en esto, a cambio de estarse dedicando a llover sobre mojado con la cantaleta especulativa de que la pedagogía es la disciplina que nos enseña CÓMO dictar cualquier asignatura, así no sepamos nada de su contenido disciplinario. Dicho de paso, siempre defendí la posición de que la metodología debe nacer de las dificultades gnoseoloógicas de cada tipo de conocimiento específico, como lo pretende, con gran éxito, la Pedagogía Problémica (que no pedagogía problemática).
Lamentablemente, la  función docente se ha quedado rezagada, entretenida en labores mecánicas, mientras en la mayoría de las aulas se hace caso omiso de aquel  desequilibrio cultural, así como de la formación integral del educando. El docente se limita a poner tareas, sin tomarse el trabajo de revisar si el alumno se aprendió o no esa información que el estudiante de hoy se limita a copiar literalmente de internet.
Categorías como información-formación, formación integral, educabilidad-enseñabilidad, Valores, etc., lo que menos requieren es de cháchara, sino más de actitud, de observaciones de inducción directas y prácticas, de ejemplos asequibles, de tareas y propósitos necesarios, realizables y alcanzables.
Mis respetos al gremio, al cual pertenezco, y, por supuesto, también a los avances de las relaciones comerciales y de las telecomunicaciones. Nada más me limito a señalar el problema para hacer conciencia de él, en procura de que se le aporte ágilmente, sin rezago, la reingeniería más conveniente y oportuna al caso.
1. Ruina cultural de la aldea. Pero mi propósito se dirige a señalar, de manera especial, la desconexión crónica (hoy se dice “la brecha”) entre la cultura de las costumbres locales y regionales, o sea, la antroplógica, con la otra que el estudiante aprende en el aula, muchas veces sabiendo más de geografía universal que del entorno local, el del habitat de su patria chica.
La información de los libros del plan de estudios, sobre todo en la secundaria, además de ser abstrusa y sin mayor conexión entre unas asignaturas y otras, lanza abruptamente al estudiante a la fascinación de un mundo extraño, radicalmente distinto del inmediato. La historia, los cuentos y novelas, la filosofía, por ejemplo, nunca reparan en los valores locales, ni siquiera por contraste, mucho menos para reconocer los casos o aspectos meritorios de los personajes, riquezas, labores ni las potencialidades del medio. Para el alumno, la realidad verdadera y válida es la de los libros. Con esa pauta, la cultura académica lleva implícita la negación de la cultura antropológica, su anulación como un factor negativo, de atraso, que la cultura del aula viene a remediar. El engreimiento del alfabeta frente al analfabeta es un síntoma de ese designio más o menos implícito.
La educación a distancia y la semiescolarizada igualmente han llevado su empresa hasta las zonas más apartadas, apelando al recurso de las seccionales, de modo que, con ello, supuestamente se ha capacitado académicamente a gran cantidad de personas. Así que, si ya el aula local daba la espalda a la cultura del terruño, ahora el proceso negativo se acentúa, pues los nativos acaban graduándose de pre y postgrados, estén donde estén, lo cual sería muy bueno, si con ello no se estuviera echándole más tierra al distanciamente de las costumbres lugareñas, con títulos que, en general, poco o nada tienen que ver con las necesidades materiales y espirituales reales del medio.
2. Servirse DE y no servir A. La cultura viene a las regiones apartadas, no para favorecerles su identidad ni promover sus valores, sino para hacer negocio y crear una casta de personas educadas en la filosofía del exclusivo servicio personal. La paradoja es que, mientras se dice que la educación es para promover la justicia social, a las claras se ve que “lo social” tiene únicamente la connotación de individual. Este diseño de la cultura académica nuestro no forma para la solidaridad, ni para las solución de las necesidades comunitarias, ni para la recuperación o afianzamiento de las identidades locales o regionales, sino para promover los contrastes, agrandar las brechas e inyectar el nocivo prurito del beneficio personal, cuya conducta se expresa en servirse DE y no en servir A. Junto a la reforma radical del plan de estudios, revisando una a una las asignaturas del mismo, la pertinencia de su lenguaje y la justa correlación de cada una de ellas con el conjunto, debe haber una filosofía que promueva la mentalidad de un hombre nuevo, solidario, optimista y orgulloso de sus tradiciones.
3. Necesidad de una Escuela de los Oficios. Los oficios, los hábitos ancestrales, los valores de la tradición, los paradigmas de los ancianos de la tribu y las diversiones de lejanas reminiscencias, están desapareciendo ante el tsunami del internet, la globalización y el modelo académico de la educación pseudo universalista. En el seno mismo de un pueblo, la aldea está desapareciendo; la cultura académica se ha desconectado de las costumbres de la cultura antropológica local, con lo cual los tesoros de la tradición ya son mirados con desdén y como objetos no útiles. Cómo sería de ilustrativo un trabajo de etnografía del habla para rastrear y poner al descubierto esa estratificación cultural que se está efectuando velozmente en el seno de las comunidades, de manera más dolorosa en la aldea, donde el peso del analfabetismo y la miseria campesina no tienen modo de levantar cabeza.
Alguna vez intenté fundar una Escuela de Oficios, especialmente para recoger la sabiduría local (cultura antropológica) de artesanos, curanderos, vaqueros, bogas, agricultores, trabajadores de las fincas, de mujeres expertas en culinaria, con sus conservas y demás, con el fin de educar a las nuevas generaciones en la sabiduría ancestral de tales oficios, pero ya con el estatus de un diploma y la correspondiente organización laboral, con su bolsa de empleo, valoración salarial, etcétera. Porque me preocupa que se olvide ordeñar, curar una res, arreglar un portillo, hacer el queso y el suero, administrar un trapiche, bogar; el conocimiento de las plantas, de la flora y fauna endémicas, nativas, así como la preparación del mote de queso, el arroz de coco, las galletas de soda, el cafongo, el bollo limpio, el bollo poloco, la mazamorra de maíz nuevo, la artesanía de platos, canaletes, bindes para la cocina, cucharas, tinajeras, canoas, bandejas, etc., etc. Hice lo que estuvo a mi alcance, pero los hados me lo impideiron. Ojalá alguien retomara y llevara a cabo la idea.
En esto, como en tantas cosas, los paisas nos llevan inmensa ventaja, debido a que el gran señor de la industria, la academia, la política, el comercio, no desdeña, sino que, al unísono con todos los estamentos, valora entrañablemente su tradición. Y, sobre todo, de manera también excepcional, el pueblo judío, uno de los más devotos de su tradición y, al mismo tiempo, el más desarrollado del mundo en ciencia y tecnología.

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