jueves, 8 de enero de 2015

Conversación acerca de la literatura. Consejos para mí.

Otto Ricardo-Torres

1.0. A lo largo de mi oficio me convencí de que la literatura no se alimenta solo de literatura y que la abundancia de lecturas literarias, a pesar de lo que pudiera parecer, no es la tarea más literariamente formativa.
Al lado de eso, también supe que es mucho más provechoso leer un libro varias veces, que leer muchos libros de pasada, por una vez y de manera consecutiva y abundante. Al leer un mismo libro varias veces, leemos varios libros al tiempo, los libros del incremento y salto progresivos de nuestra percepción, así como los que les son contiguos por estar implicados en él. Esto dicho, si el libro que leeremos varias veces no nos dice lo que ya sabíamos, sino lo que ignoramos y que constituye fundamento necesario de nuestra formación.
Creo que no se repara en esto que voy a decir, pero solemos leer, y asistir y aplaudir a los seminarios, conferencias, talleres en los cuales “lo entendimos todo”. Lo cual quiere decir que, de algún modo, eso ya lo sabíamos y que, por consiguiente, se nos dijo conocimiento conocido y no nada nuevo, como en cualquier congreso o reunión religiosa o de célula política, casos en los cuales hay una posición, un dogma que sustentar, háblese de lo que se hable, por exigencias de la tarea.
2.0. La formación literaria debe estar acompañada (quiero decir, compensada, equilibrada) de la lectura de textos de rigor reflexivo, filosóficos, científicos. El instrumento elocutivo, esto es, la forma de significación literaria, suele ser casi siempre la ficción mediante la verosimilitud connotativa, y, como podemos apreciarlo, esta se apoya en la fórmula A ES COMO B, ESTO ES COMO AQUELLO, que da origen a la metáfora, el símil, la alegoría y figuras afines. Quiere esto decir que la tarea del discernimiento decodificador o hermenéutico se mueve entre dos escenarios conocidos, uno inmediato y otro distante. Son los dos ejes de los cuales nos habla Roman Jakobson en su teorema de la Función Poética, el de la selección o del paradigma, que corresponde a la Lengua, y el de la combinación o del sintagma, que corresponde al habla, es decir, al enunciado en acto, pero ambos ejes dentro de lo conocido. Lo distante se descifra por similitud (verosimilitud connotativa) con lo inmediato o más conocido.
Toda la literatura connotativa, que es casi toda la literatura, todo el arte, se construye en el seno de esa estructura, la cual crea un modo de conocimiento que no tarda en convertirse en facilismo, acorde con el correspondiente modo de significación del arte de ese tipo, que es, insisto, casi todo el arte universal. Las consecuencias ya se pueden ir infiriendo. Yendo de lo conocido a lo menos conocido, pero siempre en el universo cultural de lo conocido, el estudiante o estudioso se forma el hábito de leer y de pensar mediante el recurso de lo conocido. En ese caso, no se forma para conocer sino para re-conocer.
3.0. Tiendo a pensar que para algunos –si no para muchos- la función primordial del arte y, en este, el de la literatura, se suele confundir con la ficción sin más, a secas, y ficción como equivalente de lo que no es ni podría ser verdadero, cuando, en verdad, se trata de una forma de conocimiento para dar más vida a la vida, como lo quería Alberto Moravia. En tal virtud, el arte es creación y eso mismo es lo que hay que encontrar en cada obra y lo que debe pretender o aspirar cada discípulo o aprendiz de literatura. Su compromiso es crear, no especular, siguiendo o no el caminao de los modelos.
La literaturidad o técnica artística –de la literatura en este caso- sobreviene inevitablemente como florecimiento del logro o concepción de la criatura poética. Ambas vienen selladas unitivamente en el conjunto. Si bien muchos artistas declaran las situaciones tormentosas, turbulentas, de sonidos, imágenes, escenas, personajes en caos cuando una obra empieza a prenunciarse o preanunciarse en ellos, eso no significa que sean una forma vacía, una técnica apenas manifestándose, sino el esfuerzo del misterio, la gestación traumática de la criatura íntegra no dicha, pugnando por decirse, por salir a la luz.
4.0. Toda criatura poética, en virtud de ser creación, es virgen, inevitablemente original, aunque nueva en el cosmos, antigua en el caos. Dicha originalidad proviene del misterio, del cual el poeta es resonancia, voz. Y este, el misterio, es lo no conocido, de lo cual estamos rodeados, en lo cual estamos inmersos, interna y exteriormente.
Todo el tiempo, la Suprema Energía de la Vida ha estado derramando, transbordando misterios hacia este lado de la realidad, a través, no solo de artistas, sino de científicos y, en general, de todos los innovadores. Del vacío, la nada plena, proviene todo lo que sorprende a nuestros sentidos.
Leer, pues, para encontrarnos con la creación, con la criatura, que es el aporte, la nueva forma de conocimiento propuesta. Y, de ese modo también, con esa perspectiva, ejercer el oficio de artista, de poeta, en todo el sentido del término.
Y esa la razón por la cual es de extrema, vital importancia, equilibrar la lectura que promueve el conocimiento conocido mediante el reconocimiento de las estructuras artísticas verosímiles o connotativas, con el tipo de lectura opuesto, el reflexivo, el filosófico, el que nos da rigor y nos ateza el pulso y la palabra.
En el escenario filosófico, a la vez, hay que cuidarse de no caer en la fácil tentación de consumir los ensayos especulativos, de divulgación o vulgarización, auspiciados por tácticas promocionales y que no son sino remedo de filosofía. Lo propio de la filosofía es el rigor, que no comprende solamente la fuente libresca sino el filosofar, la actitud personal para hallarle sentido a las ‘cosas de la vida’.
Así que este escenario o espacio de conocimiento debe comprender al menos dos aspectos: El de la lectura de textos propia, rigurosamente filosóficos, y el de la reflexión sobre sí mismo y sobre la realidad por parte del educando. No solo procurar las respuestas en los libros o en internet o en el consejo de los amigos, sino en uno mismo, las que fueren del caso. Ni solo en la información libresca, sino en la realidad abierta, diaria.
No perdamos de vista el facilismo al que nos habitúa la mera lectura literaria, cual es el de asegurarnos que nos estamos moviendo únicamente en hemisferios de lo conocido. Todo lo conocido –inmediato o distante- es del dominio sígnico, de lo cultural. A ese facilismo sígnico, hay que oponerle el rigor del indicio, la lectura traumática de lo no conocido y de lo no conocido que no se puede conocer a partir de lo conocido. Nunca nos olvidemos del testigo de uno, la identidad de uno.
Este aspecto tiende a equilibrar o a compensar la información que abrumadoramente ocupa la conciencia del estudiante con la lectura de modelos que no tardarán en “otrarlo” o convertirlo en los otros, en la mimesis o imitación de los modelos leídos. Pensar sobre sí mismo para identificar nuestro proyecto de vida, el horizonte de nuestra voluntad, no es cosa de pieitismo barato, sino lo más serio a lo que todo ser humano debe enfrentarse todos los días de su vida. Decirlo es más difícil que ponerlo en práctica.
5.0. Quiero insistir en esto, en reciprocidad a la impagable ayuda que me ha dado. Si cada uno es él, o sea, sí mismo, nadie resultará más importante que los demás, y sus logros no necesitarán ser traídos por vía de saqueo a otras identidades. El ego, o falso yo, es el que se desgasta comparándose con otros, envidiando o imitanto, en afán de ser mejor que los demás.
De otro lado, los que no somos importantes no estamos obligados a rendirle pleitesía a los que son justamente importantes, mucho menos a los simuladores ni a los arrogantes. Les debemos respeto, merecida admiración y reconocimiento, no sevidumbre ni mucho menos culto a la personalidad. El no ser importantes tampoco nos debe inhibir para justipreciar lo que, a juicio nuestro, cabe opinar acerca de los autores importantes. Es servilismo grosero no hacerlo, aplaudir por contagio, tragar entero, ir a rastras. Y mal hace el gran literato o artista del tipo que fuere en desdeñar la crítica sobre él o sus obras, por el solo hecho de la condición anónima o aldeana, humilde, del crítico novato o aprendiz.
Digo, pues, que ser ser es más importante que ser importante. Es mi afirmación recurrente, mi cayado. Todo ser que sabe ser es, inevitablemente, un ser importante, dado que esto constituye su identidad, su cédula de ciudadanía universal. Su inigualable importancia estriba en ser él y no ningún otro. ¡Cuántos hay, no obstante, que vivieron –o viven-para ser como otros, no como sí mismos!
¿Sería posible que alguna vez los programas de literatura se atrevieran a estudiar literatura sin o con menos literatura? ¿Sería algo irracional si considero que la literatura no es, en definitiva, cosa de palabras, ni siquiera de palabras bonitas ni mucho menos abundantes ni rebuscadas, sino de sus aportes a la vida, de su propia creación de nueva vida? Quién da el primer paso al frente.
Casa Esenia, diciembre 24-25 del 2014-enero 8 del 2015.

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