jueves, 9 de junio de 2011

Centón II


Centón II
Necesito hablar de la Mente.
Otto Ricardo-Torres.
El Testigo me sugiere que hable de la mente.
Hablar de la mente es como hablar del habla. El habla habla, dijo el filósofo. Y en ese entendimiento lo debo hacer.

De lo que he leído, creo que he llegado a ir, a veces más acá y a veces más allá de lo que he leído. Hay guías así, que lo acopañan a uno, pero dejan un margen para que uno ande su propio camino, así vayamos por el mismo. Libros que, mientras los vamos leyendo, se abre y muestra el propio libro de uno que no habíamos tenido la oportunidad de leer.

Un libro es una flor,
el sendero habitual,
el oficio, una mirada
e incluso un libro …

Si el habla habla es equivalente de la mente hablando de la mente, es por querer avanzar a la idea de que la mente tiene por su cuenta su propio discurso para decírnoslo, a condición de que le soltemos la brida. Don Quijote hacía eso por sus “caminos de Montiel”.

En las ideas provenientes de la distracción, hay algunas que son resonancias de la vida corriente y otras que provienen de escenarios arcanos.

(Uno llama arcano lo que es misterio, misterios que podemos conocer o no. Su característica es que, con fecuencia, no los podemos descifrar y aun en los casos en que sí, la dificultad inmediata es la de no poderlos decir).

En la mente hay mucha información amontonada, acumulada, y vaya uno a saber cómo lo hace o quién se encarga de hacerlo. Hoy, la que me interesa es la información que proviene directamente de la mente antigua o arcana.

Cada día ha ido aumentando en mí el deseo de conocer a través de lo que se me revele de manera autónoma en la mente. Los novelistas buenos crean así, y los científicos. Para ello, hay que adquirir la disposición adecuada, sintonizando la mente al modo de lo que hacemos en el dial del radio. Si uno se abandona a la guía de la mente, ella lo hace.

Los tres cuerpos de uno, el físico, emocional y mental, atraen la serenidad si uno logra alinearlos en sintonía. Y, a través de la serenidad, otras muchas daciones, unas de ellas la armonía, el silencio sinfónico y la claridad de la mente.

Ahora he logrado decirlo, el silencio sinfóncio es lo que realmente me causa fascinación. Con él quiero significar cuando me siento inmerso en armonía de paisajes con luces y sonidos, con brisa mostrándome el movimiento de los árboles, del bosque, de las hojas lustrosas, el entrevero de porciúnculas de cielo jugando con las luces y las sombras del follaje.

Cuando uno abre la boca sin darse cuenta es señal de estar inmerso en tal silencio sinfónico. El secreto está en abrirla sin darnos cuenta (no antes), cuando ella se abra sola por su cuenta.

Es silencio porque yo no digo nada, ni traduzco lo que veo, sino que me dejo inmiscuír. Y porque ni siquiera se me ocurre decir lo que está pasando. Y, sobre todo, porque la conciencia acerca de mí se traslada a la interioridad del escenario externo. Y porque dejan de existir lo externo y lo interno.

A su vez, es sinfónico porque hay confluencia suave de mundos, en un escenario inédito pero familiar.

En el silencio sinfónico es cuando en verdad me he sentido en familia, donde me reúno con el conmigo que no percibía hace mucho tiempo y porque incluso me dan más ganas de sonreír que de llorar.

Allí es el lugar –casi que no lo digo- a donde llego cuando mis tres cuerpos se han alineado. Ese lugar es cualquier lugar, pero, de todos modos, un lugar, Su lugar. Ir allí se me puede estar convirtiendo en una vocación.

El caso es que ahí la mente dice lo suyo. Y empiezo a vislumbrar que el cuidado del cuerpo mental es necesario para uno alumbrarse el camino. Oh, “Luz de Saturno en la sien”.

Esta es una forma de conocimiento, esta es LA forma de ir al conocimiento. Entre retortas, escuadras, compases, reglas, escrituras, en cualquier escenario de investigación, en el seno de la tarea, se filtra el mensaje de la mente, cuando el buscador la tiene dispuesta en la sintonía adecuada. Al ocurrir, algunos dan un salto de alegría, otros salen disparados a la cantina a celebrar con los amigos, o al caballete, desesperados, a pintar, antes de que algo peregrino espante la información privilegiada.

Por eso, los novelistas, científicos, filósofos, músicos, no duermen, o duermen con un solo ojo, pendientes de lo que buscan o, mejor, de que lo que buscan los busque y los encuentre.

Al ser laborioso le caen los frutos en la mano. Lo curioso es que casi nunca uno encuentra lo que buscaba, sino algo distinto, generalmente superior.

En mi caso, quiero decir, o debo decir –no sé cuál opción es- que la mente no la uso para ir. Si antes dije algo en este sentido, lo corrijo, pues ella me dice que, si quiero saber cosas, no apenas de ahora, sino de antes, o de después, debo quedarme quieto y que sea ella la que venga y me diga los mensajes que ella quiere o tiene que decirme.

Al fin y al cabo, la mente no es solo el espejo de lo que uno hace ahora, sino la memoria de todo el recorrido de uno, con la precisión de que ella no sólo recoge lo que ocurre en ella, sino en todos los demás cuerpos y alrededores de nuestro ser y de nuestra vida.

Seguramente hay un momento en que, al estar funcionando la mente en su circuito ciclópeo (celebro no haber dicho holístico), a fuerza de estarlo sabiendo todo, me daré cuenta de no saber realmente dónde estoy parado. Allí es en cualquier parte de otro aquí, en donde difícilmente podrían sustentarse las nociones de espacio ni de tiempo.

Ese aquí es allá, y ambos están aquí. Sólo que, para calificar a cada uno, debo decir que uno está aquí y el otro es allá. El quid lo establece la diferencia entre estar y ser.

Si la mente me pregunta(ra) que qué quiero saber, le digo que saber lo que ella sabe y lo que saben mis otros cuerpos, el físico y el emocional, y que, no sólo quiero saber, sino aprender a saber, a saber saber. O sea que la estoy comprometiendo discretamente a que sea mi maestra, pues quién mejor que ella.

Cierro la idea diciendo por mi cuenta –es un decir, pues qué puede decir uno por fuera de la mente- que si tales cosas he dicho y le he pedido, es porque ella me ha traído a decirle lo que ella quería saber, que estoy enterado de su modo de ser, de su mensaje.

Dicho de otro modo, si le he pedido que sea mi maestra es porque ella me ha puesto a decírselo. Ahora entiendo algo que el otro día me había dicho, que el ángel está en uno, pero que Él espera que uno le abra la puerta y Lo invite a seguir. Por eso, No corras. / No busques. / Todo está aquí.

Otto Ricardo-Torres
Casa Esenia, junio 9 del 2011.

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