jueves, 19 de mayo de 2011

Centón


I.

domingo, 1 de mayo de 2011

En Casa del Zen




Otto Ricardo-Torres.
Casa Esenia, mayo 1º del 2011.

A MA GYAN DARSHANA


I Sobre el despertar.

Si busco la puerta y no la encuentro. Y si encuentro la puerta y no la puedo abrir. Y si la abro y la puerta no conduce a ninguna parte, entonces la única gran puerta de salir y de entrar hacia afuera es despertar.

Pero el que despierta no es uno, sino Uno. Despierta Uno en uno. Entonces, los Upanishads declaran que El Espíritu abre los ojos en uno. Es el Ojo por el cual los ojos ven. Sin Él, uno tiene ojos y no ve, oídos y no oye.

Es entendido que los ojos del Espíritu son uno solo, El Ojo del Elohim, a donde confluyen todos los sentidos de la percepción. El Ojo dentro del triángulo en la Fraternidad masónica. Allí, el oído ve y el ojo escucha.

Entre los toltecas se le llama “La voz del ver”, pues se oye una voz acompañando la revelación. También ellos poseen instrucciones para emplear la conciencia de la vigilia en el interior del ensueño e inclusive para emplear el cuerpo de ensueño y adelantar tareas en otros lugares y planos, mientras el cuerpo físico sigue amontonado en su espacio.

El paisaje de ese despertar surge lustroso, desprovisto de palabras, él solo nada más. Sin embargo, su soledad es solidaria, nos envuelve y desnuda, como si fuera el primer día de la luz de todos los días.

Estas revelaciones son inconfundibles porque se muestran en una edad de plenitud, de lozanía, de limpieza cristalina única, que me supongo que es la fisonomía de dichas revelaciones en la eternidad. Si no es aquí en la eternidad, ¿alguien mejor informado podría decirme dónde viven, de dónde emergen?

De ese modo, lo idéntico a sí mismo, esto es, la mismidad, se dice en silencio, pues no es percibido ni expresable mediante palabras. El silencio es, pues, la palabra sagrada, la clave o llave para abrir la puerta y salir hacia esos cielos de la interioridad eterna.

El Iniciado vive ahí, despierto, uno en Uno. Aun dormido, está despierto.
¿A qué despertamos entonces? A Uno, el gran desconocido de uno.

II. Hic et nunc o ‘aquí y ahora’.

En Poética, también se declara este principio, pues la ‘poiesis’ o creación artística se da únicamente en el ‘aquí’ y en el ‘ahora’ del respectivo texto. La creatividad remite a sí misma, a la textura en que se da. Vive en su aquí solamente. Así, crear es engendrar criaturas, únicas pero universales, como toda criatura. Es tan sí mismo, tan auténtico, tan él nada más el cucarrón o el colibrí, el mar o el sonido, el espacio de mi cuerpo o el horizonte.

El sí mismo es el deslinde, los linderos de la criatura, su hic et nunc. Así fuimos hechos, así nacimos; lo que nos corresponde es nacernos a saberlo y a sabernos conducir desde el aquí y ahora de cada uno.

Las criaturas que, según decimos, no tienen uso de razón, que no han sido alfabetizadas y que, por ello, no saben leer ni escribir, como los árboles, las rocas, los peces, los astros, los chiritongos y mariposas, el tigre, los vacunos, los delfines y los titíes, etcétera, lo tienen claro y, por eso, nunca se conducen por fuera de él. Por eso podemos advertir que ¡nada hay más sí misma, más auténtica, que cualquier criatura no humana!

A raiz de esa convicción vengo diciendo que, a la edad de la domesticación de los animales –el caballo, el perro- y de las plantas –el maíz- por parte del hombre, le corresponde ahora la edad del hombre ser domesticado por ellos. Nos llegó la hora de admitir que la sabiduría eterna, universal, duerme en ellos como algo natural.

La universalidad de la criatura poética se funda, pues, en la identidad de ella consigo misma. Igual ocurre, ante todo, con toda criatura o entidad de la vida real.

El Zen lo afirma también, con fe insistente, con sabiduría segura. Y esto es lo peculiar y valioso del Zen: Sus palabras dicen la realidad, también cuando la callan.

La vida es siempre entonces aquí y ahora, pero uno se escapa con frecuencia a la ilusión o a la remembranza. El poeta portugués, Fernando Pessoa, por eso dice que “El campo es donde no estamos”. También podría agregarse que la música es lo que no oímos por estar adheridos a nuestra televisión interior. Entonces, en uno y otro caso, ni estamos en el aquí y el ahora del paisaje del campo, ni en el aquí y el ahora de la música, por estar desbordándonos a los tiempos irreales del futuro o del pasado.

También podríamos agregar, parafraseando a Pessoa, que, generalmente, uno es el lugar donde no está. Nadie es más propenso a no estar aquí y ahora que el ser humano.

Sin embargo, ‘aquí’ no es un lugar, ni el ‘ahora’ un tiempo a secas; ni tampoco igual en cada uno.

De modo que en el aquí y en el ahora, o sea, en el hic et nunc, hay que incluír en primerísimo lugar, las condiciones internas de percepción, con el volumen de karma y de eternidad que tenemos incorporado a nuestra vida.

La luz encarna en cada ser, o, de otro modo, el ser dice su luz en el aquí y el ahora de cada ser. Este, el ser, es, pues, hic et nunc, aquí y ahora concretos en la humanidad de cada uno, no en abstracto ni de manera uniforme en todos. Descontar esto, ignorarlo, es falsearnos y, así, sin la verdad respectiva del ser, no hay lugar para la identidad, para la mismidad.

El compromiso de la mismidad es, no ser como uno ni como otros, sino ser uno. Esa es su única manera de armonizarse con las demás mismidades del todo.

Y si es así, la herencia de eternidad y las otras circunstancias imprimen en el ser su peculiar condición desde la cual vive y se expresa. Lo importante es ser fiel a la condición concreta de existencia. En su aquí y ahora, con alma y carne, cada uno labra su propia piedra bruta en pos de la estatua interior. Es el dharma o ley moral.

El Bhagavad Gita nos dirá que es preferible equivocarnos con nuestros propios errores que acertar con la verdad ajena. La búsqueda es personal, así como la iluminación.

No resulta difícil concluír que la meta es llegar a ser aquí y ahora. Es el único modo de ser de la eternidad en persona.

III. La ceguera que ve.

Cuando uno crea, uno mismo es creado por uno. Y lo que uno crea entonces es EN uno, no DE uno. El uno creado por uno es otro cada vez, y así, de uno en uno podemos arrimarnos al uno-menos uno-menos uno, menos etcétera, al uno Uno.

Uno nace y se nace, pero uno se nace cuando el espíritu abre los ojos en uno. La tarea del Maestro es unirnos a Él y desaparecerse en uno.

El Maestro es el espíritu en persona.

La palabra del Maestro nos inicia y nos nace. Entonces, él desaparece en uno, porque es lo mejor de uno.

Estando los dos, Maestro y discípulo, uno al lado del otro, el Maestro es la eternidad en su dimensión concreta, despabilando. Los ojos que se abren al mundo se cierran a la eternidad, pero los ojos del Maestro van por el mundo abiertos al mundo y a la eternidad. Por eso, vive con los ojos abiertos.

Así mismo, los ojos de la eternidad se abren en las manos que crean, y en las obras y en las palabras que crean. Uno ve al hacer.

Estar ‘aquí y ahora’ es, de ese modo, vivir la eternidad, en el lugar y el momento en que uno está.

La luz también está Allá y aquí. El camino de ir Allá es por aquí. Pero en la iniciación o Satori, Allá es aquí.

Para crear, hay que olvidarse de sí. Por eso, la acción de crear es ciega hacia este lado. La adivinación o ‘manteia’ que, según Platón, era propiciada por las Musas, es, en términos del Zen, la sustitución o, mejor, la superación del ego en favor del no-yo o anatma.

La ‘posesión’ que las Musas efectuaban en el artista hacían de este una página en blanco, en donde los dioses escribían sus revelaciones. Por tal virtud, al no haber intermediarios, el adivino (artista o filósofo), no era inspirado por imitaciones (el mundo fenoménico), sino directamente por la divinidad. Ese estado mántico o adivinatorio era simbolizado, generalmente, por un ciego.

Es lo mismo que simboliza la diosa Jano, bifronte, con sus ojos abiertos en la clara transparencia del más allá. También podríamos decir que, al modo de Homero o de Tiresias, la luz y el agua son ciegas, pero ven. Y que para ver no necesitan recordar.

IV. La palabra del Maestro.

La palabra del Maestro no se da para llenarnos de conocimiento, sino para enseñarnos a saber, a saber saber. La palabra del Maestro no es, pues, una lección que hay que aprender ni que debamos repetir.

La palabra del Maestro es para enseñarnos a ser. Cuando uno es, él ya no está afuera.
Las palabras de los mantrams o de ‘los recursos hábiles’ del koan o los gathas, son igualmente instrumentos para borrarse y facilitar la combustión o extinción del ego.
La palabra del Maestro es para borrar las palabras.

Cuando uno abre los ojos, o cuando uno escucha, la interlocución está mediada por las palabras. No vemos ni oímos realidades en sí, sino las palabras que las mientan, que las mienten. Eso hace que uno siempre esté hablando, pues todos los sentidos humanos han sido ocupados por el mundo cifrado en palabras.

El árbol y la luz están vestidos por los nombres que los suplantan. De ese modo, no vemos al árbol ni a la luz, sino que los leemos. Vemos el árbol-palabra, la luz-palabra. Para percibirlos, es preciso realizar la hazaña de sorprenderlos en su estado virgen y anónimo, sin ropas, en su condición no hablada.

Cuando esto ocurre, es el silencio, que es la visión plena y pura de la realidad, no decible ni mucho menos mediante palabras.

Sin embargo, la mayor calamidad ocurre con uno, igualmente un ser cultural, esto es, cifrado, lleno de palabras, de conocimiento acumulado, de hábitos, que son otro modo de las palabras. La educación nos vuelve, así, universales, pero del universo de las palabras: Universales del universo cultural, no del universo natural.

El Logos que llega a Dios no es el de las palabras. La oración que llega a Dios es la de la acción silenciosa, el Logos puro, el de “la conciencia inherente” a las manos, al acto.

Con ese instrumento, el hombre manipula el universo a través del mundo de bolsillo de las palabras. Al ser abolido lo en sí por la acción de las palabras, perdemos silencio, identidad, y perdemos la dimensión de inmediatez, la dimensión del aquí.

De modo que el silencio no es cuestión de no hablar con la boca, sino también de no hablar con los labios cerrados ni de hablar con los ojos ni con ninguno de los sentidos al leer el mundo a través de los nombres. Abolida esa mediación, uno se nace a la luz primordial y todo está en presente, inundado de la vida del origen, de la eternidad omnipresente.

Así nace el misterio, la presencia en sí, el ser en sí, la realidad en sí, que es verdad silenciosa, verdad que uno sabe, pero que no hay manera ni necesidad de decirla. El misterio es la verdad en su estado de desnudez.

Es posible que a partir de ahí cada uno emprendamos el camino que nos corresponde, a lo largo de todo el aquí del universo.

V. Mi gatico Agathón.

Esta ‘conversación’ se refiere a un señor gatico ágata siamés, a quien le puse por nombre Agathón, de la estirpe de Bast, el dios egipcio de los gatos. Por ello, en reuniones yo le decía Agathón Ra.

Además, era de la familia y compinche de Platero, pero, ante todo, un Maestro.
Se lo regalaron a mi hija, pero él me escogió a mí. Dormía conmigo, al lado de mi mejilla; me acompañaba siempre en el escritorio, e iba detrás de mí por toda la casa. Cuando me ponía a leer y a escribir, días enteros con sus noches, en silencio, él se me enfrentaba con mansa majestad y me maullaba de manera vehemente, mirádome a los ojos. Era su regaño para que lo tuviera en cuenta. Entonces yo lo cargaba, lo consentía, lo besaba y le ofrecía mis respetos.

Como ya me habrán oído decirlo, varias veces le dije en su propia cara que él no era sino Dios forrado de gato.

Pero otras veces también yo lo regañaba (sin fundamento, por supuesto) y le decía palabrotas. Entonces -¡oh bello entonces de santo!-, ni me huía, ni me guardaba rencor, ni se ponía áspero. Sino que aplacaba mi ira, aplanchándose hacia el suelo, con sus orejitas tímidas echadas hacia atrás. Al descuido, tímido y marrullero, me saltaba a las piernas y, por supuesto, no había de otra, lo consentía de manera infinita.

Una noche se escapó tras la novia de siempre, y volvió al cabo de unos días la primera vez, de mayores días la segunda vez, hasta que ya no regresó. Creo que lo cogieron o lo encerraron, pues él era ducho en todos los escenarios de los tejados de la casa y del vecindario.

Les diría que un buen día llegó hasta mí, echando mucha baba, arrastrándose por el tejado, trayéndome la cohorte de una gatica parida con su esposo, de su descendencia, tal vez. Llegó con ellos, comió como pudo algo de lo que le brindé, y se fue, seguramente a morir, pues ya nunca más volvió. Eso les diría, pero mejor me lo callo, porque van a suponer que son inventos míos, y es, ¡palabra de honor”, la verdad.

Conservo una foto de él. Lo recuerdo con mucha soledad. Su ausencia lo vive y lo mantiene conmigo.

Él me hizo saber que prójimos no son las personas nada más, sino también (o sobre todo) el agua, el viento, el sol, la tierra, las aves y todos los hermanos menores, sobre todo los que deambulan, como las palomas y los gaticos y perritos, abandonados a merced de un albergue y de un pan.

Su ausencia me ha dicho que uno es los demás, y que, cuando ellos se van, uno también. Desde entonces, yo me fui de mí. En esas vivo.