martes, 5 de abril de 2011

Bayí



1.0. Por primera vez, hoy mi hijito me acaba de besar. Este es un dato exacto, histórico. Se me quedó mirando -su tetero bajo el brazo-, me acarició la barba con sus deditos y, de manera inesperada, me besó.

Yo lo cargué entonces.

El aire de la estancia se quitó el vestido que traía y quedó apenas en la piel original.
Polvillos de luz surgían errantes y testigos, y, más al fondo, una familia de trompos y canoas de oro emanando su visible melodía impersonal.

Desde entonces, la fuente del oído, que es donde viven los ángeles y el mar, abrió sus puertas al canto.

2.0. Apelando a la mediación de la mirada, palpo mi tierno cargamento al hombro.
Me pide que lo baje y, de inmediato, corre a su "libro".

-¿Bibo? ¿Bibo?-, empieza.

-Sí, señor: su libro-, le respondo. La propuesta quiere decir que tenemos que leer, como es ya costumbre, su "bibo” juntos.

-¿Bayí?

-Perfecto, señor. Ese es David. Usted.

Por virtud del entendimiento alcanzado, sonríe. Y prosigue:

-¿Ais?

-Así es. Ella es Gladys. Mamita

-¿Aísa?

-Muy bien. Se ve que usted es un man que avanza con seguridad. Sí, ella es Mamá Luisa. Abuelita.

-¿Bayí?

-Sí, Usted.

3.0. El tal "libro" es una revista del amado pueblo de Viet-Nam, con ilustraciones de la vida campesina y de la guerra que libra el heroico pueblo del Tío Ho. Para Bayí, en ese "libro" se congregan él y todo su universo. Me arriesgaría a suponer que, por tal circunstancia, no “lo” ha roto. (Arriesgándome, he dicho "roto", en mi lenguaje). Ese "bibo", alias revista, es lo único sobreviviente de su especie, y anda con ella para arriba y para abajo – sin dejar su tetero bajo el brazo-, desde que aprendió a "leer". Bayí, o sea, él, David, es la pintura de un niño que juega y ríe entreverado entre pollitos y búfalos. Desde su punto de vista, allí están su academia, su casa, su país.

4.0. De la "lectura" de su libro salta al tetero y lo desocupa de una sola empinada. En ese punto me pide que lo cargue. Y calla.

Andamos para allá, para acá, para allá. La tarde se ha ido llegando, sin nevar ni hacer ruido. Hay cambio de guardia en el mundo,
en la luz.
 
El ojo, quieto, deambula sin edad.
 
Y la luz evoluciona dulce, mansa, abuela, buena.
La piel despliega los velos e inicia su navegación.
El otro mundo calla.
Y cae.
Va al fondo.

5.0. David -Bayí- anda conmigo, en mi hombro, en mí.

Sin dormir, ya era liviano.
Ahora fluye.
La luz, unánime, lo ha dormido.
Al retornar, mi mano se acuesta en la mejilla del beso. Allí la dejo sin premura hasta bañarme
en azul,
en ámbar,
en dorado.
Y navego en el amor, como un hijo de mi hijo.

Otto Ricardo-Torres.
(Casa Esenia, diciembre de 1967).

1 comentario:

Samuel F. Ricardo Ruiz dijo...

Que recuerdos más bonitos...
Pensar que ese Bayí, David es mi hermano mayor, el primogénito.
Gracias Non Otto por esos recuerdos...