lunes, 14 de marzo de 2011

Posdata de la melancolía.

Otto Ricardo-Torres.

Lo que más me identifica es la tristeza. Cuando me siento afligido, me saludo de abrazo conmigo, mi hermano menor que va conmigo. Siguiendo los sabios consejos, he intentado cambiar de actitud, mirar para otro lado, hacerle el quite a la aflicción, pero veo que así no soy yo, sino el otro, en mi modo de ser natural.

Siento que la tristeza viene conmigo desde lejos, pues por donde me miro, con la memoria o con los sentimientos o la piel, es así como me reconozco y entro en la más espontánea conversación conmigo.

Los que no conocen la tristeza me dicen amablemente que ‘ella lo debilita a uno’, y que “ánimo, compañero, hay que salir adelante”. Son recetas -me digo-, palabras que están afuera, palabras librescas, no sentidas, no vividas.

No ser triste es no ser yo, y no es cierto que ser así me debilita, pues siendo como soy siento que estoy más cerca de mí y entonces he sabido que cuando uno está en uno es cuando Dios está más cerca de uno.

El Dios que me acompaña tal vez también sea triste o esté triste; de un modo u otro, me acompaña. Siempre que me siento acompañado por mí, Él me mira con dulzura, me pone Su Mano en la cabeza y deja que en mí transcurra el flujo de la vida. Él me hizo así y Él sabrá por qué. Me confío a Él y me digo que Él sabe lo que hace y que Su Obra siempre es de Amor y de Sabiduría.

Debo decir que no busco la tristeza, que no hago poses de estar así, que no invento cielos de melancolía. Al contrario, ella me encontró y vive conmigo y somos compañeros.

Los psicólogos, psiquiatras y afines –a quienes nunca he consultado, sino leído-dirán que es un caso típico de alienación, que lo que yo tengo me tiene y que por eso no puedo salirme de ahí. Me parece que ellos estudian y trabajan para estandarizar los sentimientos, los comportamientos, la vida; para hacer de cada vida la vida neutra, impersonal. Y eso sí es grave, porque es artificial; porque esa es una vida sin color ni sabor, sin identidad: La vida de ninguno, de ninguna parte, por ser dizque la vida en general, como supuesta conducta normal, común y corriente.

Desde que me conozco he sido así, con la cohorte de timideces, complejos, autolimitaciones, frustraciones, anhelos nonatos, sensación de orfandad, de luto, de horizontes marchitos, de canciones y colores afligidos, que eso conlleva. Pero así he andado y he llegado hasta aquí. De haber sido de otro modo, vivido en la opulencia, las orgías, de seguro que no habría sido más feliz que como soy con mi tristeza.

El semblante de Jesús El Cristo luce una tristeza universal. Alguna parte de Su Símismo somos nosotros. De aquí para allá, desembocamos en Él. De Allá para acá, Su Piel eterna nos alcanza y nos envuelve.

Sé que mi ser no se agota en mí, y que el espacio de mi ser se extiende de manera solidaria a los demás, a muchos losdemás que van cargados de penurias: El caballito de las zorras, de afán diario; el perrito del mendigo o de nadie, el hijo de las empleadas, los huérfanos, las viudas, los desarraigados, los perseguidos injustamente, los humillados de todos los colores, los que no tienen qué hacer ni qué comer ni dónde dormir, los que no pudieron decirse, los que no aprendieron a hablar y a escribir en el lenguaje de los otros, los que miran desde lejos el aroma de los restaurantes, las vitrinas … Si digo entonces que /”MÍ NO SÉ DÓNDE ES”/ es porque vivo allá, compartiendo tristeza con mis rostros multiplicados.

Juro que no hubiera podido ser de otro modo. Viví para ser así, ser fiel –como Manolíos- al dolor que nos une a lo mejor de uno mismo. Hoy puedo decir que lo mejor de uno y que cuando uno es uno, nunca muere.

Por lo dicho, creo que ya me voy acercando al final. Esto me lo dictó mi ser triste, a modo de una despedida. Me figuro en mí una manito infantil diciéndome adiós desde el puerto. Aquel niño que me despide soy yo.

Otto Ricardo-Torres
Casa Esenia, octubre 29 del 2010.

No hay comentarios: