domingo, 6 de marzo de 2011

Mi-Tao 2.

El que dice no sabe y el que sabe no dice, dice el Tao-te-King, de Lao-tsé. Y esa es la clave del conocimiento esotérico, de la revelación o iluminación.

No debe uno decir lo que se le ha revelado, a menos que se le haya revelado para darlo a conocer. Este es el caso de todos los Upanishads, incluyendo LUZ EN EL SENDERO, A LOS PIES DEL MAESTRO, MAUAL PARA LA ASCENSIÓN, de circulación contemporánea, más los antiguos textos pre védicos propiamente tales, correspondientes a esta dimensión.

Aun en estos casos, la condición única es que la palabra revelada que se autoriza divulgar, se constituya, a su vez, en una manera de callar.

Por ser palabra sagrada, su fuero es el silencio, y, así, esta palabra se constituye en antídoto de las otras palabras: Las unas borran a las otras, como el mantram, por ejemplo, sin ir muy lejos.

Si no es así, los labios deben permanecer sellados. Pues ocurre que uno a veces dice lo que no debía, y, por decirlo, ya no es. Si lo calla, es; si lo revela, no es. El silencio protege la condición de verdad de la revelación. Por ello, El que dice no sabe; El que sabe no dice.

Lo esotérico es lo secreto; pero ante todo, lo discreto. Se opone a exotérico, que es lo público. El secreto esotérico no es, pues, palabra ordinaria, común y corriente, sino palabra dada en revelación, generalmente mediante entrega personal.

Las palabras de la revelación, iluminación o satori no dicen conocimiento conocido. En estricto sentido, corresponden al Logos. Esta es la palabra sagrada, que únicamente se escucha y se ve en el interior del iniciado. Son pensamientos sonoros y visibles al tiempo. Pero no se oyen ni se ven afuera.

Quisiera decir que los ángeles sonríen y los arcángeles y serafines tocan sus arpas y cantan, pero el ser de la dimensión común y corriente de uno no escucha nada. Y seguramente andamos inmersos en la sinfonía celestial, mirando para otro lado, sin sospecharla.

También quisiera decir que, a la luz de los presupuestos enunciados, para tener esos ojos para ver y esos oídos para oír, uno tiene que haber alcanzado el grado correspondiente a la vibración de la energía en la que viven los secretos de las revelaciones.

Ese grado, según supongo, no se logra mediante lecturas de palabras profanas, de ninguna palabra ajena, mucho menos promocional, sino a través de la suave disciplina de la purificación.

Tal sería el sentido de las palabras (-logos) preliminares de LUZ EN EL SENDERO, que dicen:

“Estas reglas han sido escritas para todos los discípulos. Préstales atención:

Antes de que los ojos puedan ver, deben ser incapaces de llorar.

Antes de que el oído pueda oír, tiene que haber perdido la sensibilidad.

Antes de que la voz pueda hablar en presencia de los Maestros, debe haber perdido la posibilidad de herir.

Antes de que el alma pueda erguirse en presencia de los Maestros, es necesario que los pies se hayan lavado en la sangre del corazón.”.

Como resultado de haber cumplido esos mandamientos primordiales, en el escolio XV (explicación) de la exégesis del texto, se nos dice:

“Pide a la Tierra, al Aire y al Agua, los secretos que guardan para ti. El desarrollo de tus sentidos internos te da derecho a hacerlo.”.

Quizás a eso se refiera el TETRAGRAMMATÓN, las cuatro palabras sagradas del iluminado: AMAR SABER OSAR CALLAR.

Y así, saltando de conjetura en conjetura, parecería que la puerta de acceso al SABER, el guarda templo interior del sendero iniciático es el corazón, sagrario del AMAR y del AMOR. Y que si uno llega a este grado de maestría, la nueva energía de nuestro ser re-potencializa nuestras funciones y adquirimos la disposición para ver y oír la palabra de los Maestros.

Otto Ricardo-Torres

Casa Esenia, marzo 6 del 2011.

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