domingo, 6 de marzo de 2011

Apólogo del Hermano secreto.

A

Gerardo Valencia y Efraín Cabrera

In memoriam.


" Y respondió Dios a Moisés: Yo soy

el que soy. Y dijo: así dirás a los hijos

de Israel: Yo soy me ha enviado a

ustedes". Éxodo, 3, 14.


Un día fui a la cueva donde vivía mi Hermano. Estaba enfermo, con una pierna en alto sobre un tronco.

-Quiero que me dés unas yerbas de tu bosque para curar mis ojos-, le dije. -Sé que tú sabes hallarlas, pero te veo enfermo y no podrás andar. Dame, pues, un consejo para vivir. Después, volveré por las yerbas, cuando tus pasos puedan ir- .

Al punto, él respondió:

-No dices bien, hermano. En verdad, la pierna que ves aliviándose en el tronco, ella está enferma, no yo. Así que vamos a conseguir las yerbas. Si has llegado a mí en procura de salud, yo debo obedecer la voz que te ordenó venir- .

Y salimos.

Al retornar, volvió a poner su pierna sobre el tronco y me dijo estas palabras:

-Te decía antes de ir al campo que es mi pierna la enferma y no yo. Del mismo modo, son tus ojos los que están enfermos, no tú. Aun con los ojos y con la pierna enfermos, el Yo va y ve.

Cuando Yo Soy, tú eres Yo, yo soy Tú. Yo vine con tus pasos a buscarme porque tú estabas aquí sentado con esa pierna en alto. El Yo siempre anda y siempre ve. La salud está en la certidumbre de la Eternidad, que vive en ti y te mira. Si la ves, borras la dualidad y ya es igual lo visto y el que ve- .

Al cabo de los años, comprendí que mis ojos enfermaron para que en mí naciera la necesidad de ir a la cueva encantada de mi Hermano. Mis ojos sanaron, pero, en verdad, fue su palabra la que me enseñó a ver.

Otto Ricardo-Torres.

(Publicado en el Instituto Caro y Cuervo).

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