jueves, 17 de febrero de 2011

Tecuennamué


Al venerable indio Don Jesús Martínez Delgado ,
mi maestro, y a su esposa, la sacerdotisa Tayira.




La totumita de vino de palma en mi mano. En vez de sorber el vino, me la he estado mirando. Mirándola a ella como un sorbo, como lamiendo la miel.

Es la hora de la tarde, bordeando el crepúsculo. El sosiego se pasea por el salón de la maloca, en silencio. Cada uno está en la intimidad de lo suyo, contemplando los paisajes personales de la memoria. Si tristes o felices, no lo sé, pues lucen imbuídos en el cristal de la hora, a punto de ingresar en él.

Esta bella y breve totuma ha sido labrada por ella. Sonreía entonces, casi desnuda como siempre. Sacerdotisa. Esbelta y virgen. En familia. Entre la selva.

Si nos mirábamos, siempre se sonrojaba al sonreír.

Yo me detengo en sus manos, en la boca, en sus ojos que también sonríen, en su cuerpo grácil, en el cabello negro, derramado encima de la frontera de los senos.

Contemplo la prenda que mantengo en mi mano, que me habla de ella, del tiempo en que he estado aquí moribundo, convaleciente, sano y salvo ya. Alternativa y furtivamente también la miro a ella.

Ella está aquí, casi al lado mío, pero la siento en mí, despierta y desnuda, bañándose en el agua de mi piel, de la memoria.

Percibo que igual me conservo en su cuerpo de manantial. Los húmedos labios de su boca me lo dicen.


Por lo demás, sé que lo sabe. La miro de nuevo y siento mi cuerpo entrando y uniéndose al de ella, en relámpagos.

Mi cuerpo arde como el de ella en la misma pira de amor. Ni ella ni yo estamos en el cuerpo de cada uno, sino respirando cada uno en el cuerpo del otro.

…La totumita de vino de palma en mi mano. Lenta, lentamente me tomo el último sorbo y abandono el recinto.

El cuerpo mental mueve mi cuerpo. Despacio, sin mirar atrás, acariciando aquella prenda entre mi mano, camino hacia la noche. Matorrales, cultivos rústicos, arbustos, distante canto de gallos, árboles corpulentos y altos, llenos de sombra y de misterios, pasos que van andando al tacto, de memoria, solo, con amor, rumbo al vacío hondo y oscuro del horizonte.

Aquí la nada oscura es completamente visible. Hay muchos escenarios que van siendo la viva imagen de la tiniebla, capaz de absorberlo y borrarlo a uno. La ondulación desigual del viento y de la brisa matizan los sonidos. A veces lejano, a veces próximo, por el espacio sin fondo de la noche ha estado tronando con su ronca voz el golpe continuo del maguaré, buscándola.

Ya de madrugada, junto a una incógnita quebrada, al pie de una roca medio oculta entre la vegetación, me fui llegando en procura de una cama de ramas y de hojas hasta alcanzar el sueño, más allá del amanecer.

Me desperté al arrullo jovial de una cañada, entre el canto volátil y el inflexible rumor de la selva innumerable.


Muy despacio, trato de abrir los ojos, a fin de reconocer mi cuerpo y recuperar la memoria. Por fin, me despierto del todo y, antes de levantarme, la advierto, lleno de júbilo, dormida y sonriente, a mi lado, envuelta en un cielo de belleza enamorada.

Otto Ricardo-Torres.

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