viernes, 11 de febrero de 2011

Llanto en la corraleja

El paisaje natal se las ingenia en la diáspora para permanecer. Allí hace su vida, y se asoma de vez en cuando, al paso de un cucarrón en la tarde o al canto de la paloma guarumera o ante cierta brisa que trae razones de boca de los playones de Sietecueros y Caimitico, de las ciénagas y caños del Río San Jorge, de Cuiva, de Rabón.

A veces, me he sorprendido ausente, sin saber dónde estoy, por cuenta de la reminiscencia. Uno se sonríe entonces, sin ser uno el que lo hace, como en ese lapsus de mis lágrimas, seguramente cuando los títeres estaban guapirriando al toro.

Allí, el agua no moja, ni hay difuntos en ella, sino más bien una alcancía de escenarios seleccionados por la piel.

Es el pozo de la antología, refugio de la identidad. Ni el óxido ni el tiempo corroen nada allí. Todo se conserva igual, vivo e inalterado. Cuando uno pasa, se reúne con ella en los salones de la memoria y encuentra los mismos países de la fronda surcados por el vuelo de hadas de los chiritongos de varios colores.

Cuando íbamos a San Pelayo, José Luis, El Goyo y Rodrigo, a mí se me quedaban los ojos pegados al oído, sin ver lo que estaba delante, sino apenas la algarabía de porros y de gentes en opaco, sinónimos de hoja seca, en off, que se volvían caminos personales que me jalaban hacia mi paisaje natal.

Y me he dicho: Felices los que han podido crecer y vivir al lado de las casimbas de Tofeme, La Mejía, La Solera y Aguilar, en los playones de Caimito. El país nos obliga a desarraigarnos. El trabajo es inconseguible; la educación, el pan y la salud hay que buscarlos en otra parte, y la familia se rompe, y uno acaba viviendo lejos del corazón.

Así uno crece asistido familiarmente por la nostalgia, que es una palabra amable para significar la frustración.

A mí me resulta muy triste volver a Caimito, recorrer de nuevo sus playones, por Tofeme, La Mejía, Aguilar, La Solera, El Reparo, Cuatro vientos, detenerme en los matorrales de uvitas, de guayabitas de conejo, en los palos de mango, de marañón, de algarroba, de toroncoyos y peralejos…, o a Cuiva, sea en verano o en invierno, con sus peces innumerables, y sus viajes (vulgo dehesas) de ganado transeúntes.

Y muy triste porque no resistiría volverme a desprender de su presencia personal. El canto de los gallos, por ejemplo, me enciende esas presencias, que viven, como le decía, en el país del oído, lleno de sonidos que ven.

Me vine porque la vida me obligó a cumplir con el deber de ayudarme para ayudar. Sin embargo, de trayecto en trayecto vuelvo a acordarme de allá. Sé que nunca me he venido, sino apenas una parte de mí.

Tal vez no sea así en otros países, sin seres divididos entre su corazón y el espacio laboral. Uno ve a los turistas, que gozan recorriendo los lugares que visitan, desatados, libres. Ellos perciben desde afuera los escenarios por donde andan, y no como nos pasa a nosotros, ciudadanos de aldea. La nostalgia nos mantiene y nos lleva.

El hecho es que una tarde, mis alumnos de postgrado en Montería presentaron en títeres un juego de toros en corraleja. (Acá en la Costa no decimos faena de toros sino juego de toros. –Están jugando los toros, dice la gente, refiriéndose a la corraleja en acción-).

Sin darme cuenta, dizque resulté llorando, mientras yo creía estar riendo y aplaudiendo. Y este es el día en que no me explico cómo pudo ocurrir tal cosa.

¿De dónde, de qué sector de mí salieron esas lágrimas sin que yo las hubiera autorizado ni advertido? Las habría atajado, hombe, cómo no. Si las veo venir en el temblor de mi voz o en algún indicio similar, me las espanto a sombrerazos, fingiendo cualquier regaño o tarea para los alumnos.

Idalid fue la que me dijo después:

-¿De qué se acordó? Yo sí sé-, me dijo de paso, mirándome por encima del hombro.

Yo le dije:

-¿Cuándo?-, pero se hizo la desentendida, con toda la disposición de no oír ninguna explicación.

A lo mejor, si se queda ahí se me vienen de golpe los recuerdos acumulados y ahí sí no habría sabido qué hacer. Nunca pensé que uno pudiera llorar sin darse cuenta. O mejor, nunca pensé que las lágrimas reprimidas alguna vez se tomaran la iniciativa de llorar en mí por cuenta de ellas. Cavilando, he llegado a pensar que así me he de morir, sin darme cuenta. ¿Sí será?

Otto Ricardo-Torres.

Casa Esenia, octubre 8 del 2m4.

2 comentarios:

nomadafantasma dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
nomadafantasma dijo...

Querido Otto,
Tu relato me ha tocado lo más profundo de las entrañas. En esa relación visceral y enmarañada que tengo con el espacio en el que vivo y en el que no vivo.
Es la añoranza de de ese lugar-segundapiel, la que nos pone a vivir en un no-lugar, a estar repartidos en cuerpo y alma. La nostalgia es la condena y la pena del crimen de haber partido.

Alguien dijo que las personas estamos hechas para movernos por el mundo, porque si la vida nos hubiese querido sedentarios nos hubiese dado raíces en lugar de piernas.

Yo creo que mis piernas y encima de ellas el resto de mi cuerpo son la raíz misma de todos los pasos caminados en nuestro origen, el comienzo de ésta madeja llamada vida que algún día habremos de destejer. Quedo agradecidísima por haber tocado el tema tan bien aderezado de la destreza de tus palabras.