viernes, 11 de febrero de 2011

El pelo de la paja.

En donde se habla del pelo que le iba saliendo a Salustio en la mitad de la mano derecha.

Por Otto Ricardo-Torres.

En ese entonces, era costumbre de los hombres maduros en Caimito irse a conversar al atrio de la iglesia todas las tardes de verano. Con los sombreros limpiaban el piso de cemento liso y se acomodaban.

Eran grupos de tres, de dos o hasta de cuatro. Conversaban haciendo memoria del oficio, intercambiando experiencias, contando anécdotas, preguntando por los amigos, los parientes. Ningún niño o joven estaba autorizado para sentarse con ellos ni siquiera para hablar en su reunión, así estuviéramos a corta distancia. Sin embargo, como ellos eran, en consenso, los guías u hombres de conocimiento de la comunidad, todos los jóvenes sabíamos que nadie alcanzaba autoridad ni respetabilidad en el pueblo si ellos no nos acogían alguna vez, a cierta edad, en su círculo de camaradas.

En esas tertulias vespertinas, en las cuales las palabras eran lentas y como protegidas por silencios de autoridad, uno oía poco a poco la historia de la comunidad; y los espacios, los tiempos, las personas con sus situaciones, vivas o difuntas, se reunían allí en las voces alternativas y espaciadas de los contertulios.

Hoy pienso que aquello era un rito, sin ellos saber que tal cosa se llama de ese modo, y que, sin imponer distancia sino apenas en los ademanes, ellos de algún modo intuían o sabían con certeza que su reunión acostumbrada era una especie de hogar o sala al aire libre para preservar e inspirar el curso continuo e idéntico de los días de la comunidad.

Ese día, los viejos amigos realizaron una de las más bellas maniobras del humor y de la sabiduría popular que nunca oí ni leí jamás en otra parte. Ojalá pudiera narrarla con la fidelidad que la escena y el episodio ameritan.

Ocurrió entonces que, aquel día, Salustio y yo, ignorantes del peligro, resolvimos tantear el terreno. Nos hicimos a la vera, agradeciendo que no se mudaran de lugar ni dejaran de conversar. Llegamos, nos sentamos. Seguíamos allí, aparentemente ignorados por ellos. No obstante, el haber proseguido su conversación como si nada, fue ya una señal clara de acogida, aunque a la distancia ya dicha.

Nunca ningún compañero de nuestra edad habría osado allegarse a ellos como igual, sentándose a su lado o interviniendo en su conversación. De haber ocurrido un abuso semejante, con seguridad, lenta y señorialmente, ellos se levantarían del sitio y dejarían al intruso hablando solo.

Así que, con el cuidado debido, nos arrimamos a la distancia que nuestro respeto les debía. El más próximo a ellos era Salustio. Al cabo de un buen trayecto de la tertulia, en un recodo de la conversación, uno de ellos dijo:

-Oh galloj, ujtedej se acueddan de Miguelito, aque-m muchacho de la Niña Dioselina, em mediano?

-Hombe, cómo no.

-Pocqué.

-Qué le pasó.

-Se murió?

-Por ái dijeron que lo iban a operá.

-Pero de qué, tú qué sabej?

-No hombe, esa mama sí ha pasao trabajoj con ese pelao. Cuando ya le empezó a crecé eb bigote, Miguelito aprendió a hacecse la paja, y como le quedó gujtando, ¿saben qué le pasó?.

-Qué!!!-, dijeron todos al tiempo, colaborando en la estrategia del narrador.

La alarma nos afectó completamente a Salustio y a mí.

-Anjá, pero qué le pasó. Se le pudrió la mano, se le engarrotaron loj dedoj, qué fue?-, preguntó uno de ellos, echándole fuego a la crisis para arrinconar a los intrusos vecinos, o sea, a los patos, Salustio y yo.

-No se le pudrió, sino que le pasó aggo maj grave: le salió un pelo en la mitá de la mano-, sentenció el narrador.

-¡Hombe!-, dijo uno.

-¡Sucrijto!-, prorrumpió otro.

-Anjá y entoncej-, dijeron todos.

-Sí, le salió un pelo prieto y grueso, que le crece too loj díaj y no vale que se lo mochen con una rula. Ej un pelo ni de puecco y ej como si ejtuviera vivo.

-Hombe, cómo va a sé eso!

-Pobre muchacho!

-Pol lo menoj le tendrán que mochá la mano-

-O to eb brazo, quién quita.

-Anjá y entoncej.

-Y ahora cómo va a jacé con la mano mocha.

-Le tocará echá mano de la otra.

Cuando el narrador llegó a este punto, advertidos de la inquietud de Salustio, en quien, de modo evidente, había surtido el cuento el efecto calculado, fingieron tos y alguno se inventó un chiste sobre otra cosa que no venía al caso, para no atragantarse de risa. Se levantaron, hablaron en voz alta de cualquier cosa a la que ellos le daban una importancia que Salustio y yo poco entendimos, y se volvieron a sentar, cada uno en su puesto.

En un largo silencio y fingiendo mirar para otro lado, como para darnos la oportunidad de que Salustio y yo aprovecháramos la distracción, alertaron sus reojos para pescar la actitud nuestra. Y, preciso. Viendo que el momento era propicio, Salustio se miró la mano derecha al disimulo; -por si acaso-, pensaría él.

Cuando esto ocurrió, fue la apoteosis de la maniobra:

-Taj viendo Pedro Pablo-, estalló el narrador. –Te fijaj lo que hace la fat-ta e mujé.

Se levantaron, y en la distancia rieron con fuerza, a carcajada limpia, inventándose motivos distintos para poder disfrutar el descubrimiento que acababan de hacer.

Esta es la hora en que Salustio no sabe que el tal Miguelito era un anzuelo, ni que cayó en la trampa de aquellos viejos astutos, cuyo secreto, sin embargo, ellos jamás revelaron.

Con toda seguridad, de no haber sido yo el narrador de este relato, el tal Salustio sería yo.

Otto Ricardo-Torres.

Casa Esenia, diciembre 9 del 2m3.

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