jueves, 10 de febrero de 2011

David Sánchez Juliao. In memoriam.

Otto Ricardo-Torres


Sinónimo de Casius Clay, la falsa modestia nunca fue su especialidad.

Escribió mimando, parodiando, remedando la costeñidad corroncha, con humor incorporado. Así hablaba y escribía, reía en serio siempre.

De extraordinario buen humor, lo suyo fue el sarcasmo, la caricatura. El habla hablada, la oralidad, vivían en él corrá con corrá, en la palabra y la escritura.

En realidad, pudo llamarse Casius Clay. Como este, hacía lo que decía y su palabra tenía voluntad y efectividad de nock out.

El silencio, la humildad, caminar en procesión, taparse la cara, la vida contemplativa, le habrían hecho salir letreros y estallar en carcajadas por todo el cuerpo.

Fuimos amigos, para honra mía. Alguna vez, él iba de paseo por una calle de Bogotá (carera 5ª con 19) con el escritor estadinense de apellido Williams, monito este, y, desde el lado opuesto de la calle, me saludó y me presentó haciéndome un elogio monumental ante el crítico gringo.

Me regaló una de sus obras, en una copia oral, con dedicatoria y todo, que muy pronto me la robaron en El Campín con la grabadora.

En otra ocasión, compartimos visita del ICFES a la UNIVERSIDAD DEL QUINDÍO, junto con Eutiquio Leal. Allí le conocí sus dotes arrasadoras de don Juan.

Elocuente, franco, leal, ruidoso, gordo, radical, arrollador y arrogante, íntegro, sano y transparente, amigo de sus amigos, no a ratos, sino siempre.

Qué vaina, viejo Déivid, Viejo Pach, qué más le digo.

Usted sabe que lo siento. Me hubiera gustado que siguiera por aquí, al alcance del ruido. Saludos a Dios. Y a Manuel, al doctor Elías Bechara, a Rodrigo, a Emiliano, al Compae Goyo…

Casa Esenia, febrero 9 del 2011.
Otto Ricardo-Torres

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