jueves, 3 de febrero de 2011

Andreíta



Una vez le dijeron que claro como el abuelo está todo viejo y feo y por eso es que tú ya no lo quieres; y ella meneó la cabecita de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y me miró sonriendo de reojo, sin desentenderse de lo que estaba haciendo. Por supuesto, ya ustedes están adivinando a quién me refiero.

Con frecuencia, en vez de Andreíta le digo Dominique.

Andreíta me llega ahora un poquito más arriba de la rodilla, pero yo me le arrodillo para rogarle que, por favor, no cometa el error de todos los niños (y niñas, como ahora se anda diciendo): Crecer.
De cualquier forma, haga lo que hiciere, ya decidí que ella seguirá siendo de esa estatura y la que canta villancicos a perpetuidad y Dulce Jesús mío mi Niño adorado… con media lengua y todo, y la que se presentó en la sesión solemne del Jardín Infantil con un tamborcito y unos timbales que nunca usó y la que me cantaba Pájaro cantimpero subía y subía y Era una vaca lechera y demás.

Allá ella. Que conste. Si crece, es problema de ella.

Ella anda conmigo siempre, en mi casa interior. Con frecuencia, me detengo a contemplarla y veo que sigue siendo igual a un ángel: Nítida, pura, poderosa en su inocencia, sin una sombra de malestar. Para colmo, casi nunca la he oído reír a carcajada, sino que apenas se sonríe.

Yo le he compuesto varios textos, incluso una tierna canción que decía Andrea Dominga no llores Que eso le pasa a los hombres Andrea Dominga no te pongas a llorar Que eso le pasa al que sale a caminar, recuperando el texto que le di en préstamo al viejo Alejo Durán. Pero ella prefiere su nombre, que, según ella, es Andreíta Carolinita.

Valió la pena haber venido hasta acá para conocer a esta nietecita, que tiene el descaro de no acordarse que yo la enseñé a caminar.

Natalie, o sea, Natis, es la hermana mayor. Le lleva varios años a Andreíta, aunque realmente la más anciana parece doña Andrea. Sino que Natis la mantiene ocupada siempre, subyugada a su liderazgo de juegos. Entonces Andreíta, que sigue en todo a su hermanita mayor, se va quedando inédita, sin propuestas, por seguir a su hermanita en todo.

Un día, viniendo de este ahogo, ahogo en el cual las propuestas de Andreíta nunca son tenidas en cuenta en la agenda de la Natis, seguramente buscando un respiro, hacia las 3 de la madrugada aproximadamente, Andreíta se le fue arrimando a la cama de la mamá, armada de muñeca y de instrumentos de planchar y de más infraestructura doméstica. Y así, como si estuviera en pleno medio día, sacudió comedidamente a la mamá.

-Mami, mami.
-Qué quieres, Andreíta.
-¿Jugamos?

He ahí por qué cuando me encuentro afligido, más solo que de costumbre, a punto de ponerme a escribir para espantar la depresión, alguien, tal vez mi alma en persona, digo yo, no me encima un vaso de agua con alkaseltzer, ni una aspirina, ni un trago doble de chirrinche o un purgante para la tos, sino que me pone delante de Andreíta, allá en el fondo de mí, para que se me aplaque al punto todo ese malestar.

Ella se limita a estarse ahí –a lo mejor esté durmiendo o haciendo sus tareas de colorear-, inocente, cumpliendo su misión providencial.

Definitivamente, Dios sí sabe como hace Sus cosas, viéndolo bien.

Otto Ricardo-Torres
Casa Esenia, junio 2 del 2010.

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