viernes, 28 de enero de 2011

La Mente y el Conocimiento esencial*.


Dedico las palabras que siguen a

José Luis Garcés González,

quien fue siempre mi amigo, desde

cuando yo estaba vivo todavía.

Otto Ricardo-Torres.

Lo que busco es llamar la atención sobre el valor terapéutico del silencio, tanto para aliviar el cotorreo o diálogo exterior e interior, como para descubrir lo que, a partir de él, se nos revela. En realidad, lo que busco es simular dirigirme a los demás para decírmelo a mí mismo.

Traeré unas palabras del zen en boca de Osho, del Sutra La puerta esencial hacia la verdad por medio del despertar instantáneo, en boca del Venerable Ta-chu Hui-Hai, de los toltecas en boca de Carlos Castaneda y del nuevo catolicismo zen en boca del jesuita hindú Anthony de Mello. Con ellas quiero mostrar las misteriosas coincidencias entre unas y otras, como si las asistiera una revelación común y, así mismo, tratando de hacer ver con ellas que estos sistemas no están alejados de la realidad, sino, al contrario, impregnados de ella.

Procuren respirar profundo para superar el shock por las palabrotas que dije.

Uno.

Si los silencios del boga o del campesino son extraordinarios, cuánto más lo que ellos ven y saben mientras callan. De ahí la importancia de las palabras o de los ritos que nos conducen al silencio. Entonces me surge la sospecha de que las criaturas y circunstancias del universo que no hablan, es porque saben y están viendo. El fuego, el aire, el agua, la tierra y los elementos en general, ven, así como el árbol y la hicotea que está asoleándose en el lomo de un tronco sobre el agua, a medio día.

Qué saben, qué están viendo

Uno lo pone en duda porque nos acostumbramos a ver únicamente desde uno y no también desde lo que nos ve. ¿Quién dijo que lo que yo veo no me ve? ¿Será posible ver desde lo que me ve?

En cambio, muchas veces me pasó que, arrastrado por la cortesía de la costumbre, no me podía quedar callado, sino que tenía que decir algo, “lo que sea, pero habla”. Hoy veo que, si no tengo nada que decir, es cuando menos debo hablar. Muchas necedades las cometo cuando debí quedarme quieto. La discreción y el silencio son otra manera de hacer.

También me he encontrado en situaciones en las cuales la elocuencia del interlocutor dice las cosas de tal manera que a mí acaban por olvidárseme las palabras. Hay situaciones y criaturas que dicen mejor que yo lo que es necesario decir. Ellas me enseñan universo.

Lo otro es lo que me contaba un ilustre amigo, ya difunto:

“Otto, cuando no veo a Fernando siento urgencia de hablar con él, de saludarlo, preguntarle cosas. Y cuando estamos juntos, aquí sentados en Yerbabuena, tomándonos un tinto, como ahora usted y yo, por ejemplo, no tengo nada qué decirle. Usted qué cree.”.

Vaya preguntica, don Rafael, pero lo comprendo.

En fin… .

Dos.

Con plena seguridad, casi todas las citas que traigo no son palabras pensadas, sino vistas. Palabras no traídas de la mente, sino de La Mente, dadas mediante revelación, “de boca a oreja”. El peso que tienen las hace notar, son palabras de hombres de conocimiento. Su impacto nos ayuda a des-saber. A des-saber para ver.

Se van a encontrar con la sorpresa de las coincidencias; con sistemas de conocimiento distantes en la geografía y en el tiempo hablando de lo mismo y casi con las mismas, si no con mejores, palabras de uno. ¿Qué nos indica esto; qué nos diría la sonrisa del viejo Merlín, o la del P. Jaime Vélez Correa, S. J., sinónimo de aquel, ante eso?

Un día, cuando la mente dejó de tener qué decir, cuando dejó de funcionar de puro agotamiento, cuando perdió toda su pericia, toda su eficacia, cuando toda su inteligencia ha demostrado no servir de nada, desaparece. Y en esa rendija aparece la revelación. En esa rendija puedes ver, y ves por primera vez. En esa rendija el pensar no está, pero tiene lugar el conocer, y esa es la cuestión de la transformación.

Cuando se detiene el pensamiento y surge el conocer, cuando los pensamientos desaparecen y aparece la claridad, puedes ver que la verdad no es algo que pueda pensarse, sino que ha de verse… Por eso, a quienes alcanzan la verdad se les llama a veces visionarios, y no pensadores. La han visto.”. (Osho, El Sendero del Zen).

Así que una cosa es pensar y otra, ver. La verdad se nos revela cuando vemos. En el ver nace la fe.

En el sistema del hinduísmo y del zen, mente es el almacén de la conciencia existencial, el registro de lo conocido mediante la experiencia sensible, emocional y racional. Así, la mente es el escenario del pensar, de la inferencia, del raciocionio, de las alusiones y asociaciones, de las reminiscencias, del re-conocimiento, del conocimiento conocido.

En otros sistemas, mente se opone a Mente. Cuando en un koân el Swami le pregunta al discípulo: Cómo eras tú antes de nacer, y se lo deja como tarea averiguarlo, lo pone en pos de La Mente, del conocimiento esencial. Para llegar a esta, hay que agotar todas las capacidades de re-conocimiento de la otra hasta vaciarla completamente.

La M/mente sabe y des-sabe, sabe ser y no ser, puede ser la mente y la no-mente. Al des-saber, la Mente se revela maravillosamente como un amanecer y uno ve. Es entonces cuando ya uno no es uno sino Uno. Lo que Ella ve es el más allá, que siempre está Aquí.

Si el más allá está lejos, el que está lejos es uno. Pero si uno está en uno, uno está en el más allá. Lo más aquí es el más allá, sabiendo ver.

Tres.

En el Sutra del Venerable Ta-chu Hui-Hai, también conocido como Gran Perla (Dazhu Huihai; f. c. 822), La puerta esencial hacia la verdad por medio del despertar instantáneo, se ofrece otro modo de ver, al que adhiero con aplauso de redoble prolongado. Allí se dice que

“R: La mente es la raíz.

P: ¿Cómo puede saberse esto?

R: El Lankavatara Sutra dice: «Cuando nacen los procesos mentales (hsin), entonces brotan todos los dharmas (fenómenos); y cuando los procesos mentales cesan, de igual manera cesan todos los dharmas.» El Vimalakirti Sutra dice: «Aquellos que desean alcanzar la Tierra Pura deben primero purificar sus propias mentes, pues la purificación de la mente es la purificación de la Tierra Pura.».

El Sutra de la doctrina legada por el Buda dice: «A través del control de la mente, todo se vuelve posible para nosotros.» En otro sutra se dice: «Los sabios buscan la mente, no al buda; los tontos buscan al buda en vez de buscar la mente. Los sabios regulan sus mentes en vez de sus personas; los tontos regulan sus personas en vez de sus mentes.» El Sutra de los nombres del Buda declara: «El mal brota de la mente, y mediante la mente se supera el mal.» De esta forma podemos saber que todo bien y todo mal procede de nuestras mentes y que la mente es la raíz. Si desean la liberación, primero deben saberlo todo sobre la raíz.”.

A mí me lo digo de este modo. Mientras la cañada se sabe que es cañada, y el riachuelo que es riachuelo, y el río que es río nada más, tengo de ellos un saber mental.

Pero cuando se acuerdan, agotado su itinerario, y se refunden en el océano, las innumerables gotas de agua recuperan el saber, la conciencia esencial, por no ser ya mente pormenorizada –mente cañada, mente riachuelo, mente río-, sino Mente oceánica, Todo. Entonces, el hijo pródigo retorna a La Casa y se hace Uno en el Todo, uno en Uno.

La nube es hijo pródigo, así como cada una de las gotas que cuelgan de las orejas de los frailejones en las planicies sobrenaturales de los páramos. Y son hijos pródigos todo lo que se dijo –para seguir con la parábola-: gota de agua, nube, cañada, riachuelo, quebrada, arroyo, caño, río, cada una de las criaturas que un día nos fuimos de La Casa para después retornar, feliz e inexorablemente, a Ella.

Del mismo modo, uno + uno + uno + uno + etcétera, son también hijos pródigos que un día se vuelven uno en Uno, es decir, uno – uno – uno – uno - etcétera. (Léase “uno menos uno menos uno menos uno menos etcétera.”). Con la particularidad de que, en la realidad existencial del uno, va inmiscuído Uno, la “chispa divina” que muchos apreciábamos apenas como una alegoría.

Ese Uno es un imán, que jala el río hacia el mar, La Casa. Es el efecto que encausa el cauce, el camino para ir.

En el caso de Uno en uno, se trata de Todo el mar en un huequito, la universalidad esencial en la partícula existencial. Si no lo creen, miren el ‘milagro’ de la semilla, que encubre al árbol gigantesco, y viceversa.

Aprovechando la osadía de mi ignorancia me arriesgo a creer que se trata de dos mentes: Una, ocasional, para guardar las tareas de la existencia, que sería la que hay que dejar en el camino, como el hollejo de la culebra, y otra, La Mente, para recuperar la memoria eterna, las reminiscencias de La Casa.

La primera (como dice el Venerable Osho) se emplea pensando, reflexionando, asociando, porque ella guarda el código de los hábitos. Y la segunda, La Mente, para ver, ya no para pensar, reflexionar ni nada de lo que hacíamos de manera opaca y discriminada con la otra, sino para ver, ver lo que la otra mente no ha visto ni podría ver jamás.

Entonces, uno diría que la mente del pensar queda en el umbral, con nuestras sandalias del camino, y que La Mente sigue a la anterior, abre La Puerta para salir al cielo interno. Estas dos mentes pueden ser aliadas, darse al tiempo, sin cancelarse ninguna de las dos.

Así que la mente piensa y re-conoce, mientras que La Mente conoce, ve. El re-conocimiento tiene origen existencial, en tanto que el conocimiento es de origen esencial, y ocurre por la vía de la revelación.

El que re-conoce y ve es el dos veces nacido, el iniciado, que tiene dos mentes simultáneas, una y Una, con dos caras, como la diosa Jano, viendo para un lado y para el otro. Es el vidente, que, con los mismos ojos, mira y ve.

En este caso, el que ve y ve es el tercer ojo, que es, según los sagrados Upanishads, El Ojo por virtud del cual los ojos ven.

Cuatro.

Es curioso advertir las innumerables coincidencias entre el sistema de conocimiento tolteca y el del hinduísmo y el Zen, en lo que he podido saber. Sobre todo, con el zen, pero también con el Patriarca Ta-chu Hui-Hai.

Entre los extraordinarios y milenarios indios toltecas, de México y sus alrededores, sus naguales (o sean, maestros videntes, chamanes) hablan de La Voz del ver, propia de La Mente, del Conocimiento, que proviene del misterio.

Cuando uno lee los esfuerzos de Don Juan Matus (que es el nagual, es decir, el Maestro) por hacerle ver a su discípulo (Carlos Castaneda, el interlocutor en las citas) que el conocimiento del tonal –o del lado derecho, o de la razón- es precario, junto al del conocimiento llamado también del nagual –o del lado izquierdo, o de la segunda atención, la fuente del conocimiento de la magia, la brujería, de los chamanes, de los “guerreros” u “hombres de conocimiento”, que eso traduce “tolteca”- no hay lugar sino para el asombro, que dicen los filósofos.

Pero la coincidencia va todavía más allá, pues tanto el hinduísmo y el zen como los toltecas, sostienen que el más allá es el otro lado de aquí, que aquí y el más allá son las dos caras de la misma realidad y que ese conocimiento sobrenatural –el de la revelación- es asequible por el hombre, sin la mediación de alucinógenos, del tabaco, del pocillo, de la escoba ni de los naipes.

Uno y otro sistema coinciden, por si ya no fuera bastante, en que la condición para ingresar en el conocimiento mágico, el que los toltecas llaman La Voz del Ver, es el silencio, la abolición del diálogo interno, del conocimiento conocido. Vayan a uno y otro, al hinduísmo, al zen o a los toltecas, y lo podrán comprobar directamente.

Lean no más estos botones de muestra:

De Carlos Castaneda (vocero autorizado de los toltecas), El lado activo del Infinito. Traducción de Brandon Scott. Barcelona: BSA., 1999 (1998).

En todo Castaneda habla el indio tolteca Don Juan Matus, el nagual:

1

“-No, no somos mezquinos y contradictorios por naturaleza –contestó-. Nuestras mezquindades y contradicciones son, más bien, el resultado de un conflicto trascendental que nos afecta a cada uno de nosotros, pero del cual sólo los chamanes tienen dolorosa y desesperadamente conciencia; el conflicto entre nuestras dos mentes.”, p. 23. “(...). Una es nuestra mente verdadera, el producto de las experiencias de nuestra vida, la que raras veces habla porque ha sido vencida y sometida a la oscuridad. La otra, la mente que usamos a diario para todo lo que hacemos, es la instalación foránea.”, p. 24.

“Somos sondas creadas por el universo (...), y es porque somos poseedores de energía con conciencia, que somos los medios por los que el universo se vuelve consciente de sí mismo.”, p. 291.

“La única alternativa que le queda a la humanidad –continuó- es la disciplina. La disciplina es el único repelente. Pero con disciplina no me refiero a arduas rutinas. No me refiero a levantarse cada mañana a las cinco y media y a darte baños de agua helada hasta ponerte azul. Los chamanes entienden por disciplina la capacidad de enfrentar con serenidad circunstancias que no están incluídas en nuestras expectativas. Para ellos, la disciplina es un arte: el arte de enfrentarse al infinito sin vacilar, no porque sean fuertes y duros, sino porque están llenos de asombro.”, p. 284.

(…)

“El gran truco de esos chamanes de tiempos antiguos –continuó Don Juan- era sobrecargar la mente del volador con disciplina. Descubieron que si agotaban la mente del volador con silencio interno, la instalación foránea saldría corriendo, dando al practicante envuelto en tal maniobra la total certeza del origen foráneo de la mente. La instalación foránea vuelve, te aseguro, pero no con la misma fuerza, y comienza un proceso en que la huída de la mente del volador se vuelve rutina, hasta que un día desaparece de forma permanente.”, p. 285. “(...). Intenta que se alejen. Forma una barrera energética a tu alrededor. Estáte en silencio, y desde ese silencio se construirá la barrera. Nadie sabe cómo se hace. Es una de esas cosas que los chamanes llaman hechos energéticos. Para tu diálogo interno. Eso es todo lo que necesitas.”, p. 292.

(…)

“No te asustes (...). Mantén tu silencio interno y la sombra se irá.”, p. 295.


2

“Don Juan definió el silencio interno como un estado peculiar de ser en que los pensamientos se cancelan y uno puede funcionar a un nivel distinto al de la conciencia cotidiana. Hizo hincapié en que el silencio interno consitía en suspender el diálogo interno –el compañero perenne del pensamiento- y debido a eso, era un estado de profunda quietud.

-Los antiguos chamanes –dijo Don Juan- lo llamaron silencio interno porque es un estado en el cual la percepción no depende de los sentidos. Lo que funciona durante el silencio interno es otra facultad que posee el hombre, una facultad que hace de él un ser mágico, la misma facultad que ha sido restringida, no por el hombre mismo, sino por una influencia extranjera.”, p. 135.

“El silencio interno –continuó- es la postura de donde proviene todo en el chamanismo.” , pp. 135-136. “(...), don Juan declaró categóricamente que el silencio interno se amontonaba, se acumulaba.”, p. 136. (...). El silencio interno funciona desde el momento en que empiezas a acumularlo.”, p. 136.

“(...). El resultado deseado es lo que los antiguos chamanes llamaban detener el mundo, el momento en que todo lo que nos rodea cesa de ser lo que siempre ha sido.

“Ese es el momento en que los chamanes regresan a la verdadera naturaleza del hombre –siguió don Juan-. Los antiguos chamanes también lo llamaban libertad total. Es el momento en que el hombre esclavo se convierte en el hombre, el ser libre, capaz de proezas de percepción que son un desafío a nuestra imaginación linear.”, p. 137.

En otra de sus obras, El conocimiento silencioso, que podría calificar como la catedral de este sistema de conocimiento, el indio y nagual don Juan Matus dice categóricamente:

Pero también explico, a quien me quiera escuchar, que el único modo de pensar con claridad es no pensar en absoluto.”. (El nagual Juan Matus, en Carlos Castaneda, El Conocimiento Silencioso, Traducción M. C. Buenos Aires: Emecé Editores, 1988 (1987 en inglés), p. 161.

Y si no les sigo citando más de Don Juan Matus, el indio tolteca, es para que no vayan a pensar que estoy trasteando las palabras de Osho para ponerlas en boca del nagual. Vayan ustedes mismos a las obras de Osho y de Carlos Castaneda (con n, no con ñ, por favor) y lo podrán comprobar. De paso, se encontrarán aquí con el más completo sistema de conocimiento que jamás hayamos leído.

Además, les prometo que ni Dazhu Huihai, Osho, Husserl, Don Baldomero Sanín Cano ni el Padre jesuita hindú Anthony de Mello eran toltecas, ni el nagual Juan Matus zen.

Cinco.

Desde antes de encontrarme con todo esto, he sido adicto al mundo de los indicios, pues ellos están en la frontera con el misterio. De ahí he venido sabiendo que, en general, el misterio no es tanto lo que no se puede conocer, sino lo que no sabe uno cómo decir. No sabe o/y no puede decir. Tal adicción me condujo, seguramente, a estas fuentes, naguales cada una de ellas, y, por eso, mis maestros, mis chamanes.

Con esa inquietud de caminante de a pie, uno puede percibir, tocar con las manos casi, la cadena mística que eslabona signos e indicios, lo conocido con lo no conocido, siempre y cuando mantengamos de manera permanente la disposición a aprender y desaprender, ya que lo no conocido, alias indicios o misterio, no se puede conocer mediante los mismos instrumentos del re-conocimiento.

Lástima que palabras como espíritu, meditación, revelación, más allá, silencio, conocimiento, saber, chamanismo… estén tan contaminadas de lo que no son. El comercio con ellas las ha desgastado y ya hay que cuidarse de no irlas a cometer en ciertos círculos de vanguardia. Por esto, entre otras muchas razones, es por lo que conviene estar releyendo directamente por parte de uno el patrimonio cultural, el pensamiento conocido, de los hábitos en adelante, para no reiterar verdades ajenas, falsas verdades vueltas dogma.

Suspender (epojé) el conocimiento conocido, el punto de vista oficial o consuetudinario de todo lo consabido es una de las grandes recomendaciones del filósofo Edmund Husserl. Otros llaman a ese mismo punto de vista desaprender (el sacerdote jesuita hindú Anthony De Mello, Don Baldomero Sanín Cano) para poder saber. Sin esto, no es posible saber, pues, a la hora de la verdad, todos tenemos el derecho y el deber de aspirar a hacer evidente, por percepción personal, nuestro conocimiento, nuestro saber.

Seis.

En una de sus Notas a la edición de Barcelona, reproducidas en la edición del Banco de la República, Obras Completas de José Asunción Silva, a cargo de Alberto Miramón y de Camilo de Brigard Silva. Bogotá: Banco de la República, 1965, al primer centenario de su nacimiento, leemos en la nota dedicada a La muerte del poeta José Asunción Silva:

“(...). Las ventajas de su nacimiento y de su posición le cerraron en un día tenebroso todos los caminos de salvación.

Tal es la tragedia de su vida social. Existe también la tragedia de su vida espiritual. Silva recibió apenas el bautismo de la ciencia. Los colegios por donde paseó su serena adolescencia apenas suministraban ocasión de aprender nada. El día en que sintió las mordeduras del genio sobre la frente, tendió la vista hacia atrás para averiguar lo que había aprendido en la escuela y descubrir, como todos nosotros, que no sabía nada. Otros habíamos hecho ese descubrimiento y habíamos emprendido una doble tarea. Estábamos desaprendiendo las falsas e incompletas nociones del colegio, y mientras lucrábamos el pan de cada día, tratábamos de adquirir ideas menos falsas y menos incompletas que las primeras. (...).”. (p. 121. Los renglones destacados son de la responsabilidad de Otto Ricardo).

A su vez, el jesuita antes nombrado habla de este modo parecido en

Anthony de Mello, S. J., Charlas sobre la espiritualidad. Traducción de Eloísa Vasco. Bogotá: Norma, 1994 (1990).

Escuche y Desaprenda (Fragmento, pp. 11 ss.).

“A algunos nos despiertan las duras realidades de la vida. Sufrimos tanto que despertamos. Pero los seres humanos tropiezan con la vida una y otra vez. Todavía caminan como sonámbulos. Nunca despiertan. Trágicamente, nunca se les ocurre que puede haber otra manera. Nunca se les ocurre que puede haber una manera mejor. Sin embargo, si la vida no lo ha golpeado a usted lo suficiente, y si no ha sufrido lo suficiente, entonces hay otra manera: escuchar. No quiero decir que usted tiene que estar de acuerdo con lo que estoy diciendo. Eso no sería escuchar.

Créame, realmente no interesa que usted esté o no esté de acuerdo con lo que estoy diciendo. Porque el acuerdo o el desacuerdo tienen que ver con las palabras y los conceptos y las teorías; no tienen nada que ver con la verdad. La verdad nunca se expresa con palabras. La verdad se percibe de repente, como resultado de cierta actitud. De manera que usted puede no estar de acuerdo conmigo y, sin embargo, percibir la verdad. Pero tiene que haber una actitud de apertura, estar dispuesto a descubrir algo nuevo. Eso es lo importante, no que usted esté o no esté de acuerdo conmigo.

Al fin y al cabo, la mayor parte de lo que le estoy dando son realmente teorías. Ninguna teoría abarca adecuadamente la realidad. De manera que yo puedo hablarle a usted, no de la verdad, sino de los obstáculos a la verdad. Esos obstáculos los puedo describir. No puedo describir la verdad. Nadie puede hacerlo. Lo único que puede hacer es describirle sus falsedades, para que pueda dejarlas.

Lo único que puedo hacer por usted es desafiar sus creencias y el sistema de creencias que lo hace desdichado. Lo único que puedo hacer es ayudarlo a desaprender. De eso se trata el aprendizaje en lo concerniente a la espiritualidad: desaprender, desaprender casi todo lo que nos han enseñado. Una disposición para desaprender, para escuchar.” (pp. 11-12, los resaltados y las cursivas son de Otto Ricardo).

En Más Palabras (pp. 116-117), dice:

“Mark Twain lo dijo muy bien: “Estaba haciendo tanto frío que si el termómetro hubiera tenido una pulgada más de largo, nos habríamos muerto de frío”. Nos morimos de frío con las palabras. No es el frío en el ambiente lo que interesa, sino el termómetro. No es la realidad lo que importa, sino lo que usted se dice a usted mismo sobre ella.” (116).

En La llegada al silencio (pp. 80-84), las palabras que siguen, sobre ‘el silencio en Santo Tomás’, en coincidencia con el pensamiento oriental:

“El gran Tomás de Aquino, al final de su vida, no escribía y no hablaba: había visto. Yo creía que él había guardado este famoso silencio durante un par de meses, pero continuó guardándolo durante años. Se dio cuenta de que había hecho el ridículo, y lo dijo explícitamente (81). (…)”.

El Tao es contundente en esto: “El que dice no sabe. El que sabe no dice.”. A veces, sabemos algo, a condición de no decirlo, a menos que se trate de un vidente con autoridad para revelar su conocimiento.

Aquí coinciden también ambos sistemas. En la misma obra, Osho dice que

“El trabajo de un maestro es exactamente el contrario que el del profesor. El profesor te enseña, el profesor te hace aprender muchas cosas. El maestro te ayuda a desaprender.”

“Soy un maestro, no soy un profesor, y quienes están realmente aquí no son estudiantes, sino discípulos. ¿Cuál es la diferencia entre un estudiante y un discípulo? El estudiante quiere saber más, aprender más. El estudiante quiere convertirse en erudito. El estudiante anhela el Árbol del Conocimiento. El estudiante quiere comerse todas las manzanas posibles. El estudiante está en un viaje egoico. Es curioso, inquisitivo, pero no está listo para ser transformado.”

El discípulo es un fenómeno distinto. El discípulo no anhela conocimiento; quiere ver, no saber. Quiere ser. (Los subrayados y ensanchamientos de letras son míos).


Quisiera hallar las palabras más lúcidas para referirme al Espíritu, para procurar que sea Él el que se diga. Cuando Él abre los ojos en uno, las cortinas de la costumbre se corren y uno resulta otro, en otra parte, en Uno. “Si cruzas esa raya, no podrás regresar jamás al que eras antes.”, le dice don Juan a Castaneda.

Entonces, uno cree, y ya no por lo que no vemos, sino, al contrario, por lo que real y verdaderamente hemos percibido de manera viviente, o ea, por lo que hemos visto. Es así como uno es dos veces nacido o iniciado, día el más discreto y glorioso de la vida en toda criatura de todas las especies del universo.

Siete.

Generalmente, las verdades pensadas discrepan; en cambio, las verdades vistas coinciden. Estas parecen decirnos que, cuando habla Uno, Su verdad es Única, y que está al alcance de toda Mente y Conocimiento esencial.

Ello induce a pensar que la memoria ancestral de los huesos, la sangre, la mente primordial pudiera recuperar y restablecer las voces, las presencias, las costumbres, los ademanes, la sabiduría de nuestas vidas y de nuestros antepasados, cuyas urgencias de comunicación uno siente en las barandas del aire.

La sonrisa silenciosa de ancianos y de niños, pleonasmo aparte, es porque saben, porque ven.

Seguramente, los ritos, cuando son mágicamente realizados, se emplean para invocar la memoria primordial, arcana, de la tribu, de la comunidad. Se emplean para callar o acallar la mente acostumbrada de lo inmediato, incluso mediante el alboroto de tambores, maguaré, crótalos, cánticos, golpes de los pasos, de las manos, mantrams, gongs, zahumerios, fogatas, inciensos…; se emplean para borrar una mente hasta que aflore la otra.

También los griegos propiciaban esto invocando a las Musas, cuyo encantamiento fundamental consistía en anonadar la memoria personal, dejándola a merced de lo que los dioses quisieran inscribir en ella. No era la invocación retórica a secas, sino un rito orientado a ver.

La lectura ligera de la mitología clásica no ingresa en estas razones íntimas y todo lo despacha peyorativamente como cosas de paganos.

¡Oh, cómo me hubiera gustado haber recibido en las aulas u oído decir en alguna parte, desde los púlpitos, en los conversatorios, talleres, seminarios, cosas relativas a esas arcanas sabidurías –hindúes, egipcias, griegas, toltecas- entreveradas en la cuotidianidad!

Ahora digo que reemprender el camino de este modo justifica mi deseo de volver a nacer, con el favor de Dios. Así me voy como me vine, con los ojos abiertos al más allá.

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*Del proyecto de Libro Analfabetización y Alfabetización.

Otto Ricardo-Torres

Casa Esenia, enero 5-junio 26 del 2010.

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