lunes, 24 de enero de 2011

Casa Esenia

Según he sabido, en la 5ª dimensión se obtiene el poder de construír, de crear, de bendecir, de sanar. Allí empieza el reino de los elegidos, los que ya han alcanzado la beatitud.

Conocí a un Maestro, indio aborigen él, don Jesús Martínez Delgado, quien tenía ya su casa en esa dimensión, a la cual llevaba especies animales y vegetales que quería preservar o proteger. En sus sesiones, iba allá. Entonces, no lo entendía. Vi, con respeto, el rito, pero sin ver la casa ni su huerto, pues –ahora lo infiero- se hallaban en la otra dimensión, tal vez la 5ª. Seguramente, hoy tampoco vería, sino que mi mente encarnada, desde la que hablo, ya lo sabe.

Les dije en alguna parte que don Jesús también fue iniciado por su esposa, la sacerdotisa Tayira, en Maroa, la ciudad de oro de nuestros aborígenes del sur, en astral, otra manera de indicar aquella dimensión superior o alguna otra afín. Es en tales casos en los que “hay que ver para creer”. Sin embargo, los indicios que uno percibe nos inducen a creer.

Casa Esenia es, así, la casa que he venido construyendo desde años, pero sin todavía saber ni poderla trastear a aquel plano o dimensión. En ella vivo y en ella hago mis labores diarias, y hacia ella voy. Algunas criaturas amigas que me han acompañado espero encontrarme con ellas Allá en su momento. Algo me dice que ellas me estarán esperando, aunque, en verdad, jamás nos hemos alejado.

Los Maestros Ascendidos, El Morya, Kuthumí y El Tibetano, viven de ese modo en Darjeeling, en la ribera de un río nepalí, el Chigatzé, si la memoria me es fiel. Allí viven con todo lo necesario desde hace años –cientos, miles-. Y seguramente desde allí, el Maestro Ascendido El Morya le dictó en astral el texto A los pies del Maestro a Krishnamurti. En esto le colaboró el obispo anglicano Charles Leadbeater, quien sirvió de intermediario y de, por decirlo así, mensajero, para el control de las pruebas del texto. Y de Kuthumí y el venerable El Tibetano se diría otro tanto.

Desde cuando supe esto y vi aquellas láminas en que muestran a uno u otro, me nació el anhelo de vivir en un lugar así, de jardinero o de ayudante en la biblioteca. O me nació entonces, o se me revivió. (Hablar con precisión nunca ha sido mi fuerte).

Casa Esenia nació en mí, y se ha ido creando mediante mis manos mentales, emocionales y físicas. Los venerables esenios son su amparo, su protección y los que la han venido generando a base de inspiración y de revelación. Ella es una prueba fidedigna de que el espíritu esenio ha estado y seguirá vivo siempre.

Algún día se me ocurrió pensar y decir que, para los que viven Allá, su más allá es este. Ahora mi mente da otro paso al pensar que, así como desde Allá se han venido desembarcando hacia este mundo todo lo que el hombre ha hecho, por inspiración y revelación del más allá, también se les ha dado a las criaturas de este mundo el poder de crear Allá, una vez hubieren alcanzado el conveniente grado de evolución.

Uno viene acá y aprende los modales, el alfabeto de las costumbres y de los protocolos dados en el mundo del hombre. Por eso se nos han aportado todos los sentidos, con sus grados de evolución y de cualificación en los niveles superiores de abstracción, racionalización, ideación, intuición pura y sintética…. Sin embargo, llegado un momento, las criaturas empezamos a encaminarnos al regreso, que es el futuro original.

En este nuevo proceso, nos ayuda la iniciación, cuyo alfabeto empieza a partir del desaprendizaje del que usamos en la cuotidianidad del mundo humano. Entonces, para saber hay que des-saber, pues en el sendero iniciático, que es el del Espíritu, El Libro se nos abre únicamente a partir del silencio. Y así, dado el caso, callar es saber, y ver, pues la criatura ingresa al escenario de la revelación en presencia inmediata.

Desde acá uno empieza a intuír preludios del más allá. A sospechar, por ejemplo, que, allá, pensar es ser, ya que los pensamientos se presencializan cual personas y son, por ello, visibles y audibles. Lo que uno ve, tiene su propia habla incorporada, sin mover los labios. Y uno –si está allá- oye, y oye con el oído interno lo que ve, por decirlo así, que es algo equivalente al Oído que hace oír al oído, según dice uno de los Upanishads.

Posiblemente, uno mismo ya no es uno, el mismo pero sin uno, por virtud de lo cual ese otro sí mismo ha adquirido el privilegio de estar ahí, o sea, Allá.

Lo particular del caso es que mi ser camina en esa dirección, guiado por el sendero, que es el único que sabe ir. Algo me dice que Allá es La Casa, Casa Esenia, en mi caso.

Otto Ricardo-Torres.

Casa Esenia, enero 24 del 2011.

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