domingo, 8 de enero de 2017

POR EL ENCUENTRO DE LAS CULTURAS ACADÉMICA Y ANTROPOLÓGICA. Otto Ricardo-Torres.

La cultura académica ha estado ahogando la cultura antroplógica en Colombia, la cultura antropológica o de nuestras tradiciones y costumbres, en general y en cada una de las regiones del país. Esta última no se proyecta en la primera, ni siquiera repara en la otra. La Academia colombiana no se da cuenta de esto, tal vez por ser la más interesada en imitar los frutos de la originalidad de los otros países.

El apego y culto fetichistas a la formación libresca es, en gran parte, responsable de esta brecha. Al inicio de nuestra cultura académica, desde la formación infantil, la costumbre ha sido preocuparse por enseñarnos a saber cómo se llaman las entidades de la realidad circundante, sin prestar atención al conocimiento del medio, del entorno, del habitat particular y concreto en el que uno, el educando, vive. Este conocimiento exige el contacto directo y personal de cada uno con la realidad, con los cinco o seis o siete sentidos, sin que intervenga para nada ninguna información previa sobre el particular. Así uno se impregna directamente de la fauna, la flora, los elementos, las personas y los hábitos de la comunidad, con sus personas y personajes, sus héroes locales y la manera de ser de lo observado, sin todavía preguntar nada sobre ello, a efecto de impregnarnos pura, personal e inocentemente de nuestro entorno. Así opera el conocimiento indicial o de indicios, sin saber qué es ni cómo se llama lo que observamos. Y así es como operan las culturas ágrafas, analfabetas, y los investigadores, artistas, filósofos y científicos, a lo largo de sus vidas, en las vísperas permanentes de sus descubrimientos y de sus creaciones. El comienzo natural de una formación integral debe ser, pues, conocer antes que re-conocer, y tratar de saber directamente cómo es, qué es la realidad, antes de saber cómo se llama y qué se ha dicho sobre ella.

Este proceso pedagógico debería efectuarse de manera escalonada, progresiva, desde el entorno de cada lugar, hasta las entidades mediatas, como la región, los departamentos, la nación, en expansión sucesiva. En el marco de este mismo capítulo, estimular en el educando la autoinspección de su identidad, sentimientos, ideas, preferencias, mundo emocional y afectivo.

El aula entra de pronto, urgida de ocupar la personalidad del educando con los programas curriculares; y los niños, jóvenes, adultos, corremos a consumir la golosina novedosa del libro, con la cual nos van a dejar mirando para otro lado, a una realidad que en nada se parece a la de las tradiciones culturales, antroplógicas, de nuestro entorno comunitario. En esta 'jugada', perdemos identidad personal e identidad comunitaria, con mengua del hilo de la tradición y del trato familiar con la región, local y nacional. Y no ofrezco ejemplos porque ruego y confío en que cada uno miremos y recordemos los contrastes antinómicos, contradictorios, que consisten en estarnos aprendiendo el nombre de geografías y de historias universales olvidando crecientemente los entornos históricos y telúricos comunitarios. A la vuelta de un par de generaciones, el nativo resulta un ser extraño para los estudiantes, profesores y doctores de la cultura académica.

Por qué eso. Por qué se ha ido hasta hacer obligatorio el divorcio entre las dos culturas, la antropológica y la académica, cuando parecería que lo normal sería dialogar la una con la otra en proyección recíproca de luces y beneficios. Es más, por qué los gobiernos no caen en la cuenta de este culturicidio, de esta destrucción inclemente del medio ambiente real de las costumbres comunitarias, de la cultura antropológica de cada lugar y región del país y aun del propio país. Los kilos de lectura para atragantar al educando deben mermarse, racionalizarse, seleccionarse, para beneficiar la asimilación y el intercambio dialógico con la cultura antropológica.

Categorizando mi prédica, la propuesta es combinar la alfabetización indicial con la alfabetización sígnica, que, en principio, se corresponden, respectivamente, con la cultura antropológica y la académica.

En otro lugar me he referido también a la necesidad de aplicar este orden de prioridades, el de la percepción indicial antes de la percepción sígnica, ya en los mismos procesos de lectura y de investigación, a efecto de no caer en el consumismo repetitivo del conocimiento conocido, sino de efectuar lectura crítica, y no solo a los libros, sino a la filosofía, la ciencia, la tecnología, la pedagogía, las artes en cualquiera de sus texturas que abordemos.

A cambio de eso, tratando de pegar el roto con saliva, se ofrecen en algunas ciudades festivales al parque, ferias gastronómicas y artesanales, danzas típicas, en un muestreo light, cuyo exhibicionismo oportunista no guarda proporción con el heroico esfuerzo que grupos lugareños excepcionales hacen, en pelea de gato bocarriba, para rescatar de las garras de la web y, sobre todo, de la efectiva indiferencia estatal, el doloroso deterioro y extinción del rasgo más preciado de un país, de una región, de un lugar, su viva y activa identidad comunitaria.

Casa Esenia, enero 8 del 2017.

miércoles, 7 de octubre de 2015

1 El pelo de la paja.



1 El pelo de la paja.

En donde se habla del pelo que le iba saliendo

a Salustio en la mitad de la mano derecha.

Por Otto Ricardo-Torres.

1
En ese entonces, era costumbre de los hombres maduros en Caimito irse a conversar al atrio de la iglesia todas las tardes de verano. Con los sombreros limpiaban el piso de cemento liso y se acomodaban.

Eran grupos de tres, de dos o hasta de cuatro. Conversaban haciendo memoria del oficio, intercambiando experiencias, contando anécdotas, preguntando por los amigos, los parientes. Ningún niño o joven estaba autorizado para sentarse con ellos ni siquiera para hablar en su reunión, así estuviéramos a corta distancia. Sin embargo, como ellos eran, en consenso, los guías u hombres de conocimiento de la comunidad, todos los jóvenes sabíamos que nadie alcanzaba autoridad ni respetabilidad en el pueblo si ellos no nos acogían alguna vez, a cierta edad, en su círculo de camaradas.

En esas tertulias vespertinas, en las cuales las palabras eran lentas y como protegidas por silencios de autoridad, uno oía poco a poco la historia de la comunidad; y los espacios, los tiempos, las personas con sus situaciones, vivas o difuntas, se reunían allí en las voces alternativas y espaciadas de los contertulios.

Hoy pienso que aquello era un rito, sin ellos saber que tal cosa se llama de ese modo, y que, sin imponer distancia sino apenas en los ademanes, ellos de algún modo intuían o sabían con certeza que su reunión acostumbrada era una especie de hogar o sala al aire libre para preservar e inspirar el curso continuo e idéntico de los días de la comunidad.

Ese día, los viejos amigos realizaron una de las más bellas maniobras del humor y de la sabiduría popular que nunca oí ni leí jamás en otra parte. Ojalá pudiera narrarla con la fidelidad que la escena y el episodio ameritan.

2
Ocurrió entonces que, aquel día, Salustio y yo, ignorantes del peligro, resolvimos tantear el terreno. Nos hicimos a la vera, agradeciendo que no se mudaran de lugar ni dejaran de conversar. Llegamos, nos sentamos. Seguíamos allí, aparentemente ignorados por ellos. No obstante, el haber proseguido su conversación como si nada, fue ya una señal clara de acogida, aunque a la distancia ya dicha.

Nunca ningún compañero de nuestra edad habría osado allegarse a ellos como igual, sentándose a su lado o interviniendo en su conversación. De haber ocurrido un abuso semejante, con seguridad, lenta y señorialmente, ellos se levantarían del sitio y dejarían al intruso hablando solo.

Así que, con el cuidado debido, nos arrimamos a la distancia que nuestro respeto les debía. El más próximo a ellos era Salustio. Al cabo de un buen trayecto de la tertulia, en un recodo de la conversación, uno de ellos dijo:

-Oh galloj, ujtedej se acueddan de Miguelito, aque-m muchacho de la Niña Dioselina, em mediano?
-Hombe, cómo no.
-Pocqué.
-Qué le pasó.
-Se murió?
-Por ái dijeron que lo iban a operá.
-Pero de qué, tú qué sabej?

-No hombe, esa mama sí ha pasao trabajoj con ese pelao. Cuando ya le empezó a crecé eb bigote, Miguelito aprendió a hacecse la paja, y como le quedó gujtando, ¿saben qué le pasó?

-Qué!!!-, dijeron todos al tiempo, colaborando con la estrategia del narrador.

La alarma nos afectó completamente a Salustio y a mí.

-Anjá, pero qué le pasó. Se le pudrió la mano, se le engarrotaron loj dedoj, qué fue?-, preguntó uno de ellos, echándole fuego a la crisis para arrinconar a los intrusos vecinos, o sea, a los patos, Salustio y yo.

-No se le pudrió, sino que le pasó aggo maj grave: le salió un pelo en la mitá de la mano-, sentenció el narrador.

-¡Hombe!-, dijo uno.
-¡Sucrijto!-, prorrumpió otro.
-Anjá y entoncej-, dijeron todos.

-Sí, le salió un pelo prieto y grueso, que le crece too loj díaj y no vale que se lo mochen con una rula. Ej un pelo ni de puecco y ej como si ejtuviera vivo.
-Hombe, cómo va a sé eso!
-Pobre muchacho!
-Pol lo menoj le tendrán que mochá la mano.
-O to eb brazo, quién quita.
-Anjá y entoncej.
-Y ahora cómo va a jacé con la mano mocha.
-Le tocará echá mano de la otra.

3
Cuando el narrador llegó a este punto, advertidos de la inquietud de Salustio, en quien, de modo evidente, había surtido el cuento el efecto calculado, fingieron tos y alguno se inventó un chiste sobre otra cosa que no venía al caso, para no atragantarse de risa. Se levantaron, hablaron en voz alta de cualquier cosa a la que ellos le daban una importancia que Salustio y yo poco entendimos, y se volvieron a sentar, cada uno en su puesto.

En un largo silencio y fingiendo mirar para otro lado, como para darnos la oportunidad de que Salustio y yo aprovecháramos la distracción, alertaron sus reojos para pescar la actitud nuestra. Y, preciso. Viendo que el momento era propicio, Salustio se miró la mano derecha al disimulo; -por si acaso-, pensaría él.
Cuando esto ocurrió, fue la apoteosis de la maniobra:

-Taj viendo Pedro Pablo-, estalló el narrador. –Te fijaj lo que hace la fat-ta e mujé.

Se levantaron, y en la distancia rieron con fuerza, a carcajada limpia, inventándose motivos distintos para poder disfrutar el descubrimiento que acababan de hacer.

Esta es la hora en que Salustio no sabe que el tal Miguelito era un anzuelo, ni que cayó en la trampa de aquellos viejos astutos, cuyo secreto, sin embargo, ellos jamás revelaron.

De no haber sido yo el narrador de este relato, el tal Salustio sería yo.




Otto Ricardo-Torres.
Casa Esenia, diciembre 9 del 2m3.

lunes, 5 de octubre de 2015

Encuentro con un Maestro en Casa Esenia.



Encuentro con un Maestro en Casa Esenia.
Otto Ricardo-Torres
Del libro inédito LEYENDAS VERDADERAS.
La calle estaba sola. Sin luna, pero clara. El espacio me era conocido, pero poseía una atmósfera que me hacía sentir inmerso en el seno de un rito. El cuerpo sentía el goce del viento, aunque no sentía soplo de viento alguno.

Al pasar por la esquina de la casa de Genaro, vi un saco, sentado en una silla, de perfil. Mi ser venía vacío, andando allí de pronto, nada más. Hablo de cuerpo, pero no me era visible, sino un lugar desde el cual establecía comunicación.

Lo vi a mano derecha. Después, supe su nombre, pero hoy algo me dice que no debo comunicarlo. Me detuve, puse mi cuerpo en dirección a su perfil y me obligué a darle las ‘buenas noches, señor’. Con reverencia. Él me contestó el saludo, con sonido de voz grave. Y se puso un cuerpo dentro del saco. Para entonces yo ya había seguido mi camino, pero él me detuvo con una palabra, y lo esperé, dándole la cara.

Era pequeño, blanco y rosado, circunspecto. Me pareció que el color de la piel sonrosada le venía de la sangre, o algo así. Eran notables los vellos de la cara, al punto que no hubiera cabido la conjetura de que estuviera vestido con una máscara. Se me acercó con los brazos extendidos hacia mí, en actitud de sacerdote, magistral. El cuerpo, la faz y el bigote no le cuadraban a su madurez, aunque no se lo dije, pues no era el caso; la circunstancia no me autorizaba a opinar. Allí se imponía únicamente la superioridad de su trato. Sin embargo, le dije que, ‘por favor, no se me acerque demasiado, señor’, que ‘no me ponga las manos en los hombros’, que, por favor, entendiera que yo no tenía experiencia en el trato con seres de otra dimensión.

Ahora deduzco que mi ser supo, mi ser vio que estaba en otra dimensión, tal vez la de Casa Esenia en astral.

-Es razonable lo que usted dice-, concedió, en su lenguaje provisto de rigor natural, como si hubiera cometido una distracción.

Él hablaba y yo me mantenía atento. Me hablaba casi tocándome, de modo que me era perceptible el rostro, la boca, su estatura y contrastes, el tino con que usaba la palabra. Ahora considero que en sus modales no había ninguno desprovisto de significación, que su voz y el espacio de su cuerpo se impregnaban en mí, como si me hablaran desde en mí. Al cambiar de foco, observé que había una cohorte en círculo, réplicas en miniatura de él, que ya era pequeño, como dije. Se mantenían a prudente distancia, si cabe la expresión profana, aunque atentos, guardándolo, sin inmiscuírse sino con la mirada absorta, atenta a él, en la órbita de su aura.

El me instruía y yo, con altivo respeto, le atendía. Reiteré la observación de su rigor sobrio, de su línea recta de luz, la excelsitud de sus ademanes. Advertí que trataba de apartar el más pequeño conato de paternalismo o de bondad gratuita.
-Usted me dará fuerzas. Eso espero-, le dije. Y él, apuntándome con su dedo índice, me replicó al instante:
                                                                                                     
-No, en absoluto. Usted tiene la fuerza. Usela. El poder está en usted y yo no haré por usted lo que usted mismo ha de hacer. Sabe con perfección lo que le estoy diciendo, pues usted no ignora nada de lo que es necesario para usted.

Guardé silencio, pues había visto o descubierto mi fuerza. Entendí que asistía a un diálogo de pie, con un o con mi Maestro, o con el MÍ de mí. Su NO enfático fue la manera precisa de ayudarme, haciéndome ver mi ser recóndito. Cuando terminó, le di en silencio mis agradecimientos, que él debió oír. Sé que él lo entendió así, ya que, sin duda, él me sabía mejor que yo mismo. Entonces desapareció, también de pronto, sin saber por dónde, y yo advertí allí mismo que él me había citado, en el marco de ese rito, seguramente para enseñarme a ir, para enseñarme a ser, tal vez a ser Ser.


(Casa Esenia, febrero 24 de 1984).

jueves, 1 de octubre de 2015

Comunicado de Otto Ricardo.



Comunicado de Otto Ricardo.
Estoy preocupado por que el mediano esfuerzo que he realizado en investigar, documentar y escribir sobre temas atinentes a mi área de trabajo, las Poéticas y la Estética, y, en especial, la Poética Semiótica, desaparezca sin haber sido aprovechado por quienes pudieran beneficiarse de este esfuerzo, instituciones o personas.
Mi interés económico se limita al que la institución acceda a reconocerme de manera espontánea, pues, sobre todo, mi mayor deseo es legar a quien honestamente tenga la capacidad de hacer buen uso de este pequeño patrimonio académico.
Mi preocupación se ha centrado en auditar el buen uso de esos textos y derroteros de investigación, para que no se conviertan en rapiña de avivatos, sino que vayan a parar a manos de personas honestas y estudiosas que pudieran adelantar aún más el esfuerzo legado.
Es posible que haya habido dificultades en aceptar esto, pero es condición sine qua non para realizar el trato. Ya hubo una aproximación fallida, por razones respetables que no deseo controvertir.
No tengo más interés en efectuar este legado que el que tuviere la institución que quiera recibirlo. Quedo pendiente en mis correos y teléfonos para conversar con quienes estén interesados.
<> 
Casa Esenia, octubre 1 del 2015.

lunes, 28 de septiembre de 2015

La bella potranca salvaje.



La bella potranca salvaje.*
Otto Ricardo-Torres.
(Segundo borrador).

Desde la primera vez me pareció espectacular. Lucía única en el aire libre del escenario, al borde de la ciénaga, en el restaurante, el gato, en sandalias… . Su risa abierta, labios rojos, dientes blancos; su cabello rubio, ensortijado; la piel blanca también, porte altivo, seguro. La miré con atención largo rato, varias veces, restregándome los ojos, y lo único que se me ocurrió pensar es que me parecía cosa de no creer.

Lo siguiente fue cómo acercarme a ella. Como todo tímido que se respete, me pareció que se me hacía inaccesible, que quién sabe cuánta multitud de pretendientes la estarían rondando. Al fin, encontré el camino: Necesitaba decirle que me parecía fascinante el nuevo tipo humano, en mujeres y hombres, pero sobre todo en mujeres, que se había estado fraguando allí en las recientes generaciones. Lugar común y lo que fuera, es verdad. Cuando le pedí su correo, se lo dije, pero el sistema me devolvió el mensaje. Eso era lo que quería decirle, elogiarla de ese modo, pues en realidad me pareció ella una maravillosa representante de esa juventud del lugar.

Cuando empecé a hablar con ella, se me erizó el cuerpo. Poco a poco fui recobrando el equilibrio emocional, aunque no fue tarea fácil. Me abrió las puertas de su casa, me dijo que se sentiría realizada con una compañía como la mía, que vivía sola, sin hijos, sin compañero a bordo, trabajando asiduamente, y que le gustaba el deporte –volybol, natación, caminar-, tomarse dos tragos de old parr de vez en cuando, ir al pueblo a comienzos de año a visitar a la familia, darle vuelta a la finca del papá.

Definitivamente, es una persona descomplicada, transparente, clara, radical, impetuosa en su buena ley, audaz, intuitiva, pero, al estilo de una potranca indómita, de pronto se detiene como para interpretar el viento, el huracán de su cuerpo, y luego prosigue despacio, a trote, cauta, antes de empezar de nuevo a improvisar el despliegue de sus bríos.

Por eso le dije que parecía eso, una potranca salvaje, y se lo dije porque se me chispotió, como diría El Chavo. Temí que me fusilara a través de la web, me puse las manos en la cabeza y en la cara para atajar el guarapazo y hasta me dieron ímpetus de meterme debajo de la mesa, no fuera el chiste, pero no. A cambio de mis temores, dijo jajajajaja en el computador, que es como se ríen a carcajada ahora las criaturas internautas.

A lo largo de los tantos minutos, que eran chorizos de preguntas, respuestas, carcajadas y demás, a veces le decía algo adrede para puyarle los jamelgos, digo, el ego, y se quedaba quieta en seco, volviendo a su programa de televisión –según creo- como si no estuviera hablando con nadie.

Realmente, es una mujer admirable –creo que ya lo dije-, porque es bonita, limpia de alma, esforzada sin alardes, estricta sin mengua de la espontaneidad, amable, efusiva, familiar, práctica y, al mismo tiempo, intuitiva y espontánea. Nunca conocí a una mujer así –se me escapó la frasecita.

Confieso que, de no ser por mi timidez, me le hubiera dedicado a seguirle las pisadas para realizar un boceto más completo de ella.

Increíble. Qué cosecha tan alta de belleza la que se está dando en la aldea. Y tratándose de una bella aldeana con ilustración citadina, ahí sí que peor.

Si me tocara ir alguna vez por allá en mi otra encarnación, por ejemplo, previamente haría ejercicios de quedarme con la boca abierta días enteros para que no me cueste mucho trabajo cuando me toque estarme así allá delante de criaturas como esta.

Aunque no me lo crean, esto me produce alegría. Si tuviera una gorra, la tiraría al aire; si estuviera en una canoa, la movería para un lado y otro hasta llenarla de agua, y si pasara por delante de las luces encendidas de su apartamento, me dedicaría a lanzarle piedrecitas para salir corriendo cuando ella se asome con la escoba o con la olla de la cocina.

xxx.
*Textos inéditos de El Reparo.

Otto Ricardo-Torres
Casa Esenia, enero 2 del 2012.